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Autoayuda: Cómo librarte de la mujer de tu vida (secuencia 05)

15/06/2016 11:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Si el miedo te paraliza, ¡estás muerto, Charly!

Enlace a la Secuencia 04

 Por Charly García G.

 

Recuerdo cuando era pequeño y veía películas de terror. La víctima —casi siempre una chica— se replegaba ante el agresor, se caía, miraba a su asesino con los ojos tan abiertos como si fueran salirse de sus órbitas y retrocedía torpe y lentamente hacia la pared, encogiéndose cada vez más y gritando: “¡No por favor! ¡Noooo! ¡Nooooooooooo!”, mientras él la mataba sin que su cuerpo pudiera ofrecer resistencia. ¡Músculos paralizados por el pánico!

A veces, he tenido pesadillas en las que sentía cómo esa parálisis muscular me impedía incluso gritar. El esfuerzo por emitir un alarido de socorro acaba por despertarme. Mi padre decía que era mejor no ver películas de terror antes de acostarse.

En la vida cotidiana el miedo suele ser el arma que a más gente aniquila. Más aún que las armas de destrucción masiva. ¿Y por qué hablo de esto? Pues… porque hay muchas formas de sentir el miedo paralizante sin estar dormido, sin que nada ni nadie puedan despertarte de la pesadilla, porque aquello que nos aterroriza forma parte de nuestro mundo real. Esa horrible sensación de angustia que se apodera de la garganta como si se fuese a morir de asfixia o algo peor la está provocando un peligro que no es imaginario, o al menos se percibe como real.

En mi caso, os aseguro que lo era. Solo de pensar que el portavoz del Partido de Izquierda Popular, el PIP, pudiera contarle a Alejandra que yo era uno de ellos, me daba un vuelco el estómago y la cabeza parecía que iba a estallarme. Si Alejandra se enteraba de que estaba jugando en el equipo contrario, pensaría que allí para sabotearlo.

Los liberales del PRL y la izquierda popular del PIP son rivales políticos. Compiten por el caladero de votantes cabreados con los viejos partidos. La corrupción, la mentira y el aumento de ricos y pobres pasan factura, aunque según mi padre, no. Su teoría se basa en que  el “a pillar a pillar que el mundo se va a acabar” es la fantasía que tienen muchos, pero que solo unos pocos hacen realidad. Corruptos es lo que muchos quieren ser de mayores.

Como analista político, ¡mi padre no tiene precio! Aunque tengo que darle la razón cuando dice que para los nuevos partidos el problema no es que los voten sino que acaben botándolos pronto. Y para mantenerse, el juego limpio ayuda poco, y lo normal es recurrir a cualquier estrategia para ganar la partida.

Alejandra funcionaba de ese modo. No se llega a directora de comunicación de un partido jugando deportivamente. Zancadillas, patadas en la espinilla y lo que haga falta. Así que ¿por qué iba a creerse que un activista del PIP, o sea yo, estaba en su partido solo para hacer un trabajo técnico? Lo lógico es que pretendiera reventarles el partido.

Pensé que la forma de solucionar el problema era hablar claramente con el portavoz del PIP para que no le contara a Alejandra cuál era mi filiación política. En realidad era algo que tendría que haber hecho antes de incorporarme al equipo de los liberales. Yo conocía a la mayor parte de los que estaban en el grupo parlamentario del PIP, incluido el jefe del partido. Con muchos había jugado al futbol en mi barrio, fuimos juntos a la universidad y hasta salimos con las mismas chicas.

Cuando salí de la oficina aquel mismo día, me fui directo a la sede del PIP. Su portavoz parlamentario, Rubén, estaba allí. Nos conocíamos del Círculo de Vallecas. Muchas manifestaciones y horas de asamblea ciudadana hasta que él pasó al Consejo. El tío era un trepa que consiguió colarse en una lista y ya era un diputado. En cambio, yo no me quedé en la Asamblea. No tenía amiguetes en la cúpula como él. Lo mío siempre había sido estar con la gente y sus problemas. Lo de él, pelotear al jefe —Manu, como él llamaba a Manuel Palacios—, que, sin duda, le había producido más beneficios que dejarse la piel por la gente en los desahucios, como hacía yo.

Pero bueno, no me quejo, a fin de cuentas, acababa de conseguir un trabajo y había conocido a la mujer de mi vida. Y precisamente por eso, no podía permitir que ese capullo de Rubén le contara a Alejandra que yo militaba en el PIP. Rubén me tenía ganas porque yo ligaba más y encima era informático. Él tuvo que meterse en sociología porque no se le daban las matemáticas.

Nada más verme en la sede, me dio la enhorabuena por haberme infiltrado en el grupo parlamentario de los liberales. Unos pijos gilipollas a los que se iba a merendar —dijo— gracias a toda la información que yo iba a pasarle —añadió—. Siendo el informático del grupo, tendría acceso a toda la información que guardaban en sus ordenadores —dijo con una sonrisita de capullo mirándome a los ojos fríamente para acojonarme—. Lo quería todo, además de que le fuera informando sobre las estrategias parlamentarias y en redes sociales. Todo lo que pudiera sacar de sus portátiles y lo que escuchara en sus despachos. Quería incluso que llevara una cámara oculta para grabar conversaciones y todo lo que pudiera serle útil. En realidad, dijo útil para el PIP. Como si yo fuera imbécil. Luego me aclaró que ni se me ocurriera pasarle todo eso a Manuel. Y, por supuesto, que ni se me ocurriera puentearlo con el jefe para ganar puntos. Y con la misma sonrisa gilipollas me hizo el gesto con los dedos índice y corazón de “te estaré vigilando”.

El muy capullo me tenía bien pillado. Si no aceptaba, me amenazó con hacerle llegar a la “pija de Alejandra Bru” —así la llamó— que yo era del PIP. Aseguró que tenía muy buena relación con ella y que se lo vendería como un favor personal. Lo que el tío pretendía era ganar puntos con ella para tirársela, ¡seguro! ¡Alejandra era una tía súper sexi, que iba de dura. Tener algo con ella era para flipar cada vez que lo contara. Rubén siempre daba detalles de cómo se lo montaba con todas.

El miedo a perderla me paralizaba. Por un momento, estuve a punto de dejar que aquel tío me comiera la moral y ceder a su chantaje. Pero eso no era la solución. Estaba seguro de que tarde o temprano se lo contaría  a Alejandra para hundirme. Incluso puede que utilizase algunas de las informaciones que yo le pasaba para demostrarle que era un infiltrado.

¡Menudo dilema! No podía hacer nada, salvo ganar tiempo, así que acepté convertirme en su chivato. Pero, en cuanto tuve ocasión me entrevisté con el secretario general del PIP. Manuel y yo no éramos amigos aunque sabía dónde encontrarlo fuera del Congreso. El tipo seguía de cerca las reuniones de la asamblea ciudadana. Su vida diaria giraba en torno a la política casi las veinticuatro horas.

El miedo a perderla me paralizaba. Por un momento, estuve a punto de dejar que aquel tío me comiera la moral y ceder a su chantaje

Fue un alivio hablar con él. En seguida me recordó de la acampada de Sol. Le conté que estaba trabajando para el Partido Liberal. Necesitaba el curro. ¡Eso era todo! Lo comprendió y se alegró de saber que seguía siendo del PIP aunque lo mantuviera en secreto para que no me echaran del PLR. Dijo que si me veía por el Congreso no pensaba ni saludarme —bromeó. Se lo agradecí y a continuación entré directo a matar —como decía mi padre al que le encantaban los toros—. Le comenté que tenía información, sin confirmar, pero preocupante, y me parecía que él debía estar al corriente de lo que pasaba. Me habían llegado rumores de que Rubén, su portavoz parlamentario, se la estaba jugando a sus espaldas. Al principio, Manuel Palacios no dio crédito a lo que oía. Entonces tiré de datos que le introdujeron el virus de la duda en su cabeza.

La duda es un troyano letal. Corroe por dentro el cerebro hasta corromper toda la información objetiva. Solo de imaginar que una sospecha pueda ser cierta, se abre un abismo insalvable que tarde o temprano acaba en ruptura. La duda elimina la presunción de inocencia, dando pasa a la de culpabilidad. Así son las cosas en la vida cotidiana, y más aún en política. Si oyes ruido de sables cerca, lo normal que es que alguien vaya a por ti.

Os preguntaréis qué tipo de caballo de Troya le metí en la cabeza. Lo peor en política es que alguien de tu confianza vaya a por tu silla. Le conté a Manuel que había indicios de que su portavoz negociaba con el Partido Obrero para ir en sus listas en las próximas elecciones. Un duro golpe para el PIP. Aseguré que se trataba de una filtración de alguien del partido, molesto porque Rubén le iba a quitar el puesto. Al parecer, le habrían ofrecido un ministerio a cambio de fichar por ellos y darle una patada en los… —ya me entendéis— a Manuel Palacios. Las encuestas no eran del todo favorables al PIP en ese momento. La marcha de Rubén con críticas en rueda de prensa al propio Manuel y a su consejo político situaría al PIP por debajo del Partido Obrero. Llovía sobre mojado.

Manuel Palacios se quedó pensativo. Sin darle un respiro, le conté que también se rumoreaba que Rubén se estaba tirando a su novia y lo iba contando por ahí. Manuel conocía esa costumbre de Rubén. Se le llenó de ira la mirada. Le sentó peor eso que lo anterior. Mencioné que se les había visto salir juntos del despacho de Rubén en más de una ocasión, y a ella con la cara enrojecida. El tío que me lo contó —dije, mientras a Manuel se le encendía la cara de cabreo— bromeaba con que la barba de Rubén debía de pinchar lo suyo.

Yo no tenía confirmación de nada de eso, pero al capullo de Rubén se le veía a menudo hablar por los pasillos con el portavoz del Partido Obrero, y también ir y venir por el edificio anexo al Congreso con la novia del jefe, que también era diputada.

¡A Rubén le iba a salir caro haber pretendido hundirme y levantarme a la chica de mi vida! Como podéis imaginar, toda la información que le fui pasando sobre el partido de Alejandra era falsa. Rubén, a su vez, se la proporcionaba a su jefe en primicia. Y Manuel Palacios hizo el ridículo cuando subió a la tribuna del Congreso y la empleó en su turno de palabra contra el Partido Liberal.

Probablemente habría mucho de verdad en lo que le conté a Manuel sobre Rubén. Sin embargo, lo peor no es que fuera cierto, sino la duda de que lo fuera. Un arma letal que acaba incluso con las relaciones más estables. Manuel y Rubén habían fundado juntos el PIP, pero todo tiene un final no necesariamente feliz. A Rubén era mejor tenerlo a distancia.

Después de hablar con Manuel Palacios me sentí culpable. Pero ceder al chantaje de Rubén hubiera sido un desastre. Perder mi trabajo y quedarme sin Alejandra. No hubiera soportado su desprecio y que no volviera a dirigirme la palabra. Estoy seguro de que hubiera hecho eso.

Aquellas primeras semanas cerca de Alejandra fueron las más excitantes de mi vida. A todas horas imaginaba que ella me declaraba su amor de mil maneras distintas, todas muy eróticas. Creo que nunca me he empalmado como entonces. La de cosas que un tío tiene que inventarse para disimular el enamoramiento. Las chicas ponen caritas y hacen chorradas cuando se encuentran con el tío que les gusta. Pero eso no es nada comparado con que se te ponga duro el soldadito y no sepas donde meterte hasta que pase el tirón.

Imaginaba que lo hacíamos en su despacho y me ponía a cien. Subirla en su mesa, arrancarle la ropa, entrar sin preámbulos en su interior y no parar. ¡Qué pasada! Pero la realidad rebajaba mis expectativas. Entraba en su despacho me sentaba en su sillón para solucionar algún problema de su portátil y notaba su calor en el asiento. Eso era todo. Cuando llegaba a casa me entraba un bajón. Alejandra pasaba de mí, seguro.  Y así un día tras otro, pasando del sueño a la realidad que me devolvía a los ordenadores y al software. A la seguridad de los equipos informáticos de unos tíos chulos que se creían algo por ser diputados del PLR y a sus asesores. Pijos gilipollas, que no tenían ni idea de cómo funcionaban nada dentro de un portátil. No paraban de cagarla incluso con las cosas más elementales. No se les ocurría nada más estúpido que poner de contraseñas los nombres de su novia o su mascota, fechas de cumpleaños, o cosas como “migranpolla24” —que seguro que no le llegaba ni a 14—. Las típicas passwords que cualquier ciberdelincuente tarda unos segundos en romper con programas fuerza bruta.

Un sábado, de copas con una antigua amiga, le conté lo que me estaba pasando con Alejandra. Me aconsejó que  controlara mis emociones cuando estuviera con ella.  Debía mostrarme seguro de mí mismo, hacerle notar sutilmente que me gustaba pero que no la necesitaba. Mi amiga decía que algunas chicas encontraban repugnante que un tío se mostrase necesitado emocionalmente. El rol del hombre que controla es lo que de verdad atrae a una chica, además de que le pague las copas —bromeó para que la invitase—. A las mujeres no les gustan los tíos inseguros o débiles, ni los sensibles, ni tampoco los buenos porque son sosos y aburridos. Y menos aun los que siguen jugando con la Play pasados los treinta.

Mi amiga me pasaba factura por haber sido yo el que había cortado con ella. Después de tanto consejo, la conclusión fue que tenía que enfrentarme solo a la situación y cruzar los dedos para no fastidiarla con Alejandra. Algo que me resultaba difícil. Siempre me he relacionado mejor con los ordenadores que con las tías.

Y para rematar la noche, nos fuimos a Gabana, la disco más pija de Madrid, que como siempre se peta hasta arriba de niñas gabana altas, sofisticadas, guapas. Para ligar allí tienes que ser pijo o parecerlo. Mi amiga lo era. Una tía buena con pinta de top model. Y aunque ya no salíamos, estábamos juntos hasta que ella se puso a bailar con un tío que la devoraba con los ojos. Lo peor no fue quedarme sin ella, me bastaba con el whisky y la música a tope para desconectar del entorno y pensar en Alejandra. Imaginaba una y otra vez como sería encontrarme de repente con ella allí. Alejandra sí que era una chica gabana de primera. ¡Qué pasada si ocurriera! Imaginaba que, al verme, vendría hacia mí con una gran sonrisa. Feliz de encontrarme. ¡Madre mía! Bailar con ella, besarla… Esa noche incluso tenía coche, mi padre me lo había dejado para salir con mi amiga, que odiaba ir en metro.

Y de repente, sin que pudiera dar crédito a lo que veía, descubrí a Alejandra en mitad de la pista. Ella también me vio y, a la vez que me dedicaba una gran sonrisa, agitó el brazo saludándome. Parecía muy desinhibida. ¡El alcohol, seguro! Y bailaba con un tío súper alto, con un traje slim fit, de Hugo Boss por lo menos. Al darse cuenta de que ella saludaba a alguien, miró en la misma dirección. ¡Era el  gilipollas de su partido que tenía la contraseña “migranpolla24” en el correo electrónico!

 

More next week…

La semana que viene, más…


Sobre esta noticia

Autor:
Charly García G. (10 noticias)
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