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¿Qué es la carrera del suero? ¿Es Balton un héroe real o un usurpador ocasional?

22/03/2022 23:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La justicia histórica de Togo y Leonhard Seppala. Es un relato que aún reverbera en los anales de la historia de la salud pública

Unos pocos tienen el placer de disfrutar, un artículo, una buena película, un paisaje, una conversación o una historia interesante. Mi artículo nace por muchas rezones, por la admiración de los pobladores de Alaska, del recuerdo de un hermoso parque, honrar a héroes anónimos, a animales extraordinarios que son tal leales, con voluntad de hierro y en estos momentos de gran pandemia, quise compartir esta historia. Si escuchamos el documental, vemos la película o la animación de los hechos de como valientes hombre superaron y sus perros salvaron miles de vidas.

La historia realmente comienza, en pleno invierno, con una enfermedad mortal y grave que afligía a los niños de un pueblo dedicado a la minería en Alaska, se encontraban totalmente aislados entre un mar helado y un terreno brutal que se encontraban bajo la nieve. Un invierno muy duro, la esperanza de los residentes era un plan imprevisto para trae viales de tratamiento desde una cabeza de línea a cientos de kilómetros al otro lado de las montañas, cruzando ensenadas congeladas y atravesando una bestial tormenta y el medio de transporte trineos de perros.

 

Tal vez, algunos conozcan, un relato por películas o animaciones, pero la historia es real, no tiene nada de ficción. Todo empezó con la carrera del suero del año 1925, fue un momento histórico, en su época y siempre lo recordamos en tiempos fuertes como esta pandemia donde se aprecia lo mejor del ser humano, la fuerza de voluntad en ayudar y la lealtad de fiel perros que al transcurrir del tiempo podemos ver que son los más files amigos del hombre, que no piden nada a cambio, está dedicando a todos los perros especiales que de muchas formas ayudan a los seres humanos, como perros de rescates, perros de apoyo y todos los caninos del mundo.

Un recordatorio es una hermosa escultura, una de las favoritas de los visitantes del Central Park, comparte espacio con 29 obras conmemorativas y es tan visitada como el mosaico Imagine y las que todos quieren jugar alrededor Alicia en el país de las maravillas. Es fácil, de reconocer es un perro fornido con una gran pose de héroe o como me gusta verla de Super Can. Lo que muchas personas, no imaginan es que esa bella escultura, es un testimonio de la lealtad, tenacidad y el gran deber de trabajar por un bien mayor. El nombre del héroe perruno es Balto.

 

Es una escultura, realmente hermosa de Balto, aunque la historia no comienza con el perro protagonista del relato que todos conocen, en esa carrera fueron muchos los perros que fueron valientes, fuertes y que recorrieron kilómetros con un clima que no fue amigable. Muchos piensan al conocer la historia que fue un heroísmo usurpado, para mi es que no se reconoció realmente a todos los que ayudaron y a sus perros. Como muchos héroes, muchas veces pasan al olvido o no se les otorga el lugar que les corresponde, La historia de Togo, es un relato muy interesante y espero que mi artículo, llegue a muchas personas que aman a estos seres maravillosos que son los perros y darles el valor y respeto que realmente merecen.

 

 La historia de un heroísmo usurpado en cierto modo, es la base de Togo del relato conocido, pero con algunos nombres desconocidos. Uno es el del sabueso que quizá mereciera ser el que está tallado en bronce y el otro es el de su dueño, un inmigrante noruego y buscador de oro convertido en criador de perros llamado Leonhard Seppala.

 

La estatua de Balto en Central Park, Nueva York. Aunque la placa dedica el monumento a la «resistencia, fidelidad e inteligencia» de los perros de trineo de la carrera del suero, la inspiración canina es inequívoca. El artista fue Frederick Roth y el propio Balto acudió a su inauguración en 1925. 

 

 

Nuestro relato va a empezar con Nome, en lo alto de la costa oeste de Alaska, en el mar de Bering, es una localidad fronteriza construida sobre el comercio de oro y pieles. Se fundó en 1901 y está más cerca de Siberia que de la ciudad más grande del estado, Anchorage. Su ubicación remota presentaría una situación de pesadilla cuando, en 1925, una enfermedad empezó a afectar a los niños del pueblo. Para cuando las autoridades descubrieron que no se trataba de un brote grave de amigdalitis, era demasiado tarde: era difteria. Lo que no conocen, esta enfermedad, se trata de una infección bacteriana contagiosa que ataca el tracto respiratorio superior y provoca inflamación de los tejidos en la garganta, puede ser letal. Así fue en Nome: a finales de diciembre, dos niños iñupiaq habían sucumbido a la enfermedad cuando se descubrió que los únicos suministros de antitoxina del pequeño hospital local habían caducado. Para el 24 de enero habían muerto cuatro niños y se presumía que habían fallecido más en las comunidades alaskeñas nativas de los alrededores. En un telegrama a Anchorage, el médico de Nome Curtis Welch contó que había instaurado una cuarentena y solicitó que les enviaran un millón de unidades, asegurando que la «epidemia de difteria es casi inevitable».

 

 

 

 

 

Fue aún más terrorífico. «En la historia de Alaska, el brote de difteria de 1925 en Nome fue uno de una serie de epidemias en la zona y en el resto de Alaska», afirma David Reamer, historiador y escritor de The Anchorage Daily News que ha escrito mucho sobre las enfermedades de la historia de Alaska. «Nome y las aldeas nativas circundantes fueron con diferencia las comunidades de Alaska más afectadas por la pandemia de gripe de 1918 a 1919, la gripe española. En la región fallecieron cientos de personas. Hubo muchos bebe que murieron congelados en los brazos de sus padres que fueron victimas de la gripe. cuenta. «Este horror, solo siete años antes, era un recuerdo muy vivo y no cabe duda de que estaba en las mentes de los residentes cuando vieron cómo se propagaba la difteria entre sus hijos».

 

Con unas de las malas condiciones ambientales de la época o de las décadas y las temperaturas más bajas en 20 años, las autoridades de Nome enseguida entendieron que el transporte de un pequeño suministro de antitoxina en Alaska por medios convencionales sería imposible antes de que la enfermedad arrasara la localidad. El puerto estaba congelado y volar era inseguro por el frío, y ya no digamos aterrizar. Sin ninguna otra forma de salvar la enorme brecha de 1.085 kilómetros entre la cabeza de línea en Nenana y Nome (una ruta que los mensajeros solían tardar un mes en recorrer), recurrieron a un criador de perros y musher campeón llamado Leonhard Seppala (un musher es el conductor del trineo de perros). La propia historia de Seppala abarcaba muchos kilómetros. «Sepp», inmigrante noruego, había viajado a Alaska en busca de oro y trabajado para una mina. Desilusionado por su trabajo, se convirtió en superintendente. Su labor consistía en cuidar de las acequias y transportar cargamento y pasajeros entre campamentos en trineo de perro y en un pupmobile (perromóvil) diseñado para circular sobre las vías férreas. Estimulado por su trabajo y encargado por defecto del adiestramiento y el mantenimiento de los perros de la mina, Seppala encontró su vocación. Como tenía conexiones con el propietario emprendedor de la mina, el explorador noruego Roald Amundsen encargó a Seppala adiestrar y acondicionar un equipo de cachorros como perros de trineo para intentar llegar al Polo Norte desde Alaska. Ante la perspectiva de la Primera Guerra Mundial, cancelaron la expedición y regalaron los perros que iban a participar a Seppala.

 

Las carreras de trineos eran una actividad natural y colateral para cualquiera que trabajara con perros, ya fueran el malamute de Alaska, el husky (que deriva de esky, abreviatura de «esquimal») y los perros siberianos traídos a Alaska por los chukchis en 1908. El paso propulsivo de estos perros,  su resistencia e inteligencia los convertían en el motor perfecto para atravesar un terreno difícil. Los perros adiestrados para Amundsen eran huskies siberianos, así que Sepp (que ahora tenía su propio equipo) empezó a competir en las carreras de Alaska. A partir de 1915, Seppala obtuvo tres victorias consecutivas en los All Alaska Sweepstakes,  una carrera sin obstáculos de 656 kilómetros desde Nome a Candle que seguía la ruta de la línea de telégrafo. Las victorias de Seppala se acreditaron a sus perros de complexión liviana, a las que otros mushers llamaban «ratas siberianas». Eso y los instintos del perro que iba en cabeza, un puesto que Seppala pronto asignaría a un can en particular.

 

 

 

La historia de Togo

 

Togo, al que pondrían el nombre del heroico almirante japonés Heihachiro Togo, nació en 1913. En un principio, su futuro en las carreras de perros no era muy prometedor. Tenía un color moteado que daba a su pelo un aspecto mugriento y lo crió la esposa de Seppala, Constance, cuando era un cachorro debido a una aflicción de garganta, una circunstancia que podría explicar su constitución más pequeña, su temperamento dispuesto y la arraigada lealtad a su dueño. Togo se escapaba muy a menudo para correr tras Seppala cuando adiestraba o hacía recados. Como él lo consideraba una molestia, a los siete meses se lo dio a una amiga como animal de compañía, pero Togo huyó y volvió a casa. Llegado a este punto, Seppala advirtió una virtud indirecta del perro: su determinación y su destreza para encontrar la distancia más corta entre dos puntos. Aunque Togo, que era una especie de abocado al fracaso. Era demasiado pequeño, era modesto.

 

Lo admirable de Togo, que tomo las riendas y aprendió físicamente la profesión escogida por Seppala. El noruego, no era un tipo sentado en la parte de atrás y los perros no eran los únicos en tirar. Porque tienes que conocer a los perros, afinar la tensión de la cuerda, afrontar la incomodidad, el frío, mantener el equilibrio, leer el terreno; son muchas cosas. Fue un chico fuerte.

 

Harto de las constantes huidas de Togo, Seppala le permitió correr con el equipo, primero detrás, después más adelante y finalmente en cabeza, donde el perro brilló de verdad. En The Cruelest Miles de Gay y Laney Salisbury, se cita a Seppala diciendo que en Togo «encontró un líder nato... algo que había intentado criar durante años». Ambos se volverían inseparables y, en los próximos años, en sus muchas expediciones, salvarían la vida el otro.

 

 

Cuando llegó el brote de difteria, Seppala ya era un musher famoso por toda Alaska (lo llamaban «rey del sendero») y su astuto Togo era igualmente venerado como perro guía. La noche del 14 de enero de 1925, las autoridades de Nome llamaron a Seppala para que encabezara la que pasaría a conocerse, en la hipérbole de los muchos titulares subsiguientes, la «gran carrera de la misericordia». Como el viaje de ida y vuelta por los casi 2100 kilómetros que separaban Nome de Nenana era irrealizable para un solo equipo, los viales de antitoxina diftérica (las únicas 300.000 unidades de Alaska) serían transportadas por equipos de perros de trineo de Nenana a Nome a través de una escala media en Nulato. De este modo, cada trayecto sería de poco más de 1.000 kilómetros.

 

Los peligros eran considerables. Seppala se encargaría de las secciones más traicioneras de la etapa de intercepción desde Nome y se vería obligado a sortear el litoral de Norton Sound,  un estrecho que llevaba el escalofriante sobrenombre de «la fábrica de hielo». La parte más peligrosa del viaje sería atajar por el estrecho congelado, un atajo que le ahorraría un día,  pero que estaba plagado de vientos intensos y témpanos de hielo inestables y afilados. Era una etapa que muchos (Seppala incluido) sabían que solo él podría gestionar con los instintos de Togo para leer el peligro y el terreno. Pero incluso esta sería una tarea difícil: en aquel momento, Togo ya tenía 12 años.

 

Seppala partió el 27 de enero. Mientras el brote y las condiciones meteorológicas empeoraban, Seppala avanzaría sin saber que los planes ya improbables se se habían cambiado en camino. Así, corrían un riesgo considerable de saltarse un encuentro en las cabañas rústicas o «paradores», el único respiro a lo largo de la ruta. Cuando el brote de Nome empeoró, se añadieron más mushers y equipos para aliviar la presión y acelerar el tránsito de la medicación, unas ampollas envueltas en pelo y selladas en un recipiente de metal. El relevo desde Nenana avanzó más rápido de lo esperado. Por pura suerte, Seppala interceptó el suero de un musher llamado Henry Ivanoff a las afueras de Shahtoolik y regresó hacia Nome con peores condiciones.

 

En la región, las temperaturas eran de -35 grados con sensaciones térmicas de -65. Seppala dependía de los instintos de Togo cuando no podía ver el camino debido a la espuma, el viento de cara y la nieve profunda. Debido a su agotamiento y el de sus perros, Seppala se vio obligado a parar en Golovin cuando faltaban 125 kilómetros para llegar a Nome. Desde la salida, el equipo había recorrido un total de 420 kilómetros y atravesado Norton Sound en dos ocasiones sobre un hielo traicionero. Después, un musher llamado Charlie Olsen transportó la antitoxina a unos 50 kilómetros de Nome, donde Gunner Kaasen esperaba con un equipo de 13 perros liderados por Balto.

 

La fama resultante de Balto, junto a la del musher Kaasen, fue una consecuencia desafortunada pero involuntaria. El trayecto de 1085 kilómetros de la antitoxina llevó cinco días y medio, un récord mundial presenciado por un público en ascuas. Se vio acentuado por la reciente adopción de la radio por parte de la clase media estadounidense, que convirtió la historia de la carrera del suero en un fenómeno retransmitido a distancia. En Nome fallecieron entre cinco y siete personas, aunque las cifras de muertos entre los alaskeños nativos de las afueras del pueblo no se registraron y es probable que fueran muy superiores. Con todo, quedó claro que se había evitado de milagro una mayor pérdida de vidas. La historia se convirtió en toda una sensación, y también sus héroes.

 

Balto fue el perro que lideró la etapa final a Nome y permitió a Kaasen entregar a la antitoxina el 2 de febrero. Una simple mirada al kilometraje habría contextualizado ese crédito erróneo: Balto y Fox, con Kaasen, cubrieron 80, 85 o 88 kilómetros (las fuentes varían), mientras que Seppala, con Togo, transportó el suero a lo largo de 146 kilómetros por un terreno mucho más técnico y peligroso. En total, Togo recorrió 420 kilómetros de puerta a puerta; Balto, poco más de 160.

 Gunnar Kaasen con Balto, el perro guía de la última etapa de 80 kilómetros para llevar la antitoxina diftérica a Nome en 1925. Como fueron los mensajeros finales que transportaron el suero, ambos se hicieron famosos. Balto inspiraría una estatua, varios libros, un documental dramatizado y una película de dibujos animados.

 Pero el público quería un héroe y eligieron a Kaasen y Balto, las caras de la salvación de Nome. Sus fotos aparecieron en las portadas de los periódicos y sus nombres pasarían a la historia, eclipsando no solo a Togo y Seppala, sino a las otras 18 personas y a unos 150 perros que participaron en el relevo. «En términos generales, la fama de Balto oculta a los otros mushers, entre ellos muchos nativos alaskeños cuyas aportaciones se olvidaron mucho más». 

 

La etapa de Kaasen y Balto también fue heroica: aunque no hicieron tantos kilómetros, las condiciones eran tan malas que Kaasen, que circulaba de noche, apenas veía a los perros. Durante el trayecto, el trineo volcó y tuvo que buscar el paquete de antitoxina entre la nieve con las manos desnudas,  por lo que sufrió lesiones por congelación.

Con todo, el competitivo Seppala no estaba muy contento con la adulación que recibió Balto. Aunque era el dueño, criador y adiestrador del perro que Kaasen había usado en su equipo, Seppala mantuvo que Balto era un «perro de segunda» comparado con su querido Togo y que Balto había sido colíder junto a un perro llamado Fox durante esos últimos kilómetros. El New York Times aumentó la confusión en 1927, cuando informó que Balto no era el verdadero héroe de la carrera del suero, sino Fox. El resto de la breve noticia, que no mencionaba a Togo, se dedicaba al supuesto paradero de Balto. Este último había sufrido un cruel giro del destino. Tras la carrera del suero, además de la estatua en el Central Park, a Balto se le concedió la llave  de la ciudad de Los Ángeles, actuó en una película y recorrió los Estados Unidos contiguos ante un público de admiradores. Pero cuando Kaasen se hartó y quiso regresar a Alaska, Balto y sus compañeros perrunos fueron vendidos (no se sabe por quién) a un espectáculo secundario de vodevil. Allí sufrió maltrato hasta que una recaudación de fondos consiguió que lo admitieran en el Zoo de Cleveland, donde vivió hasta el fin de sus días.

 

Aunque es pequeña, la estatua de Togo de 2001 en Seward Park, Nueva York, aporta al perro una presencia en la misma ciudad donde esta la estatua  más grande de Balto.

 

 

La carrera del suero también inspiró la carrera de perros de trineo más famosa del mundo: Iditarod, que recorre una ruta similar entre Nome y Nenana antes de seguir al sur hasta Anchorage. El linaje de Togo continúa en los Seppala siberianos y el can de 107 años «vive» en la sede de Iditarod en Wasilla, expuesto en una vitrina. El perro y la carrera se remontan a una época de la historia de Alaska en la que el perro de trineo era vital para la supervivencia de los humanos en un terreno salvaje.

«La literatura alaskeña está llena de historias sobre perros que son líderes natos como Togo... con una capacidad casi asombrosa para evaluar los obstáculos», escribieron Gay y Laney Salisbury en The Cruellest Miles. «Sin esos perros, muchos alaskeños creen que Alaska no podría haberse desarrollado». Asimismo, la propia carrera tuvo otro legado: salvó miles o incluso cientos de miles de vidas de la generación posterior. «En una época en la que suministrar la muy necesaria antitoxina no era factible por aire o por mar (junto a la determinación y la tenacidad de salvar a los niños de Nome), la historia del relevo de trineos de perro impulsó la necesidad y la importancia de la vacunación», afirma el Dr. Basil Aboul Enein de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. «Es un relato que aún hace eco en los anales de la historia de la salud pública».

 

 El problema de la estatua de Balto en Central Park también sigue haciendo eco. A finales de 2019, se creó una petición en Change.org para remplazar la estatua de Balto por la de Togo. En el Seward Park de Nueva York hay una pequeña estatua de Togo inaugurada en 2001 y que hace poco se trasladó a un lugar más prominente durante la renovación del parque (Seward es el apellido del Secretario de Estado que compró Alaska a Rusia en 1868).  

Lo que me gustaría no es levantar polémica, porque ambos perros fueron la clave para salvar vidas, que se hace un poco de justicia histórica porque todos los perros que participaron fueron importantes y un ejemplo es Togo, la historia lo que nos deja es una reflexión en estos tiempos difíciles combatiendo esta gran pandemia, es que todo el mundo tiene que querer ser útil y crear la diferencia.

Me encanta escribir de deporte, pero esta historia es un ejemplo que se puede ser mejor persona, que se puede ser útil y crear conciencia que todos los animales son seres vivos, que merecen respeto, sea la raza que sea, porque uno de raza tiene tanto valor como un perrito sin hogar. Adopten y no compre, pueden ser la diferencia en la vida de un ser vivo y adquieren un amigo fiel. Cuidense!

Pronto me podrán leer nuevamente.

 

 


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Autor:
Carolina Camejo (381 noticias)
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Reportaje
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