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Conocemos a los personajes de Todas las canciones de Rock, de Beatriz Baró

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06/10/2018 13:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Todas las canciones de Rock es la primera parte de la trilogía Del otro lado, comenzada por la escritora Beatriz Baró. Los protagonistas son adolescentes en pleno disfrute de la vida sin censura, que crearán una trama a caballo entre la novela juvenil y la ciencia ficción

Beatriz Baró ha comenzado una trilogía llena de nostalgia. La primera parte de la trilogía Del otro lado, titulada Todas las canciones de Rock, nos cuenta la vida de una pandilla de jóvenes durante las vacaciones de verano en un pueblo llamado Vistaclara. Puede resultar curioso cómo la autora les ha retratado sin medias tintas, y ha dejado que se muestren tal y como son, con sus excesos y también, sus momentos más oscuros. Hablar de Todas las canciones de Rock es, sin duda, hablar de sus personajes.

Saúl:

"El muchacho sacó unas monedas de su bolsillo y las dejó sobre la barra. Esperaron pacientemente hasta que los batidos estuvieron hechos. Luego los llevaron a la terraza y allí se sentaron a una mesa.

Cristina cerró los ojos y alzó su rostro hacia el sol. Corría todavía una suave y temprana brisa que les acariciaba la piel y revolvía el cabello. Luego abrió los ojos y observó a Saúl mirando hacia la sierra, con la mirada perdida y actitud despreocupada. Se preguntó qué diablos sentía por él y por qué misterioso motivo era incapaz de mostrarse irritada durante demasiado tiempo cuando hacía algo que le molestaba. Aquello no tenía comparación con lo que sentía por Alexander, pero la verdad era que Saúl transmitía un encanto imposible de ignorar. Claro que eso no significaba que existiera entre ambos ningún tipo de conexión especial. En realidad sabía muy poco de él porque jamás habían hablado de nada realmente importante. Con Alexander las conversaciones fluían de un modo sencillo y natural; por el contrario, intentar hablar con Saúl de algo serio y profundo resultaba imposible.

El chico se volvió hacia ella y advirtió su actitud reflexiva.

—¿En qué piensas?

Ella desvió la mirada rápidamente.

—En nada.

—Venga ya, Cris, me estabas espiando… Admirabas mi preciosa carita, ¿eh?

—Mira que eres creído.

—Venga, Janis, dime en qué piensas.

La chica dudó.

—Saúl…, nunca me cuentas nada.

El rubio enarcó una ceja y sonrió divertido."

 

 

Cristina:

"Cristina suspiró enervada y perdió su mirada en los puestos de la plaza. Fue entonces cuando distinguió entre el gentío a la chica rubia de la pandilla de Saúl y Alexander. Su corazón se alteró instantáneamente ante la posibilidad de encontrar también a Saúl por allí, pero enseguida comprobó decepcionada que solo iba acompañada por otra chica mayor que ella, rubia también. Sus facciones resultaban tan similares que no dudó en comprender que se trataba de su hermana mayor. Estaban ojeando uno de los puestos con visible interés. A continuación, la hermana mayor tomó unos shorts deshilachados de color azul claro y preguntó algo al vendedor. Cristina creyó morir, realmente necesitaba unos pantalones como aquellos. ¿Cómo no los habría visto antes? Dejó a su abuela con la palabra en la boca y, casi en estado de trance, recorrió a zancadas la distancia que la separaba del puesto.

Se situó junto a las chicas y esperó pacientemente. La mayor dejó los pantalones sobre el tenderete.

—Molan, pero ya tenemos una docena como estos.

—Sí… —La pequeña hizo una pompa con el chicle y paseó sus ojos azules buscando alguna nueva prenda que llamase su atención. No pareció descubrir nada interesante, porque tanto ella como su hermana pasaron al reconocimiento del puesto contiguo.

Cristina tomó los pantalones y los mostró con el brazo en alto.

—¿Cuánto cuestan, señor?

Doña Elisa resultó ser más rápida que el propio vendedor. Arrebató los pantalones a su nieta y la miró severamente.

—¿Es que te has propuesto disfrazarte de prostituta?

Las hermanas se volvieron hacia ellas y, con expresiones de auténtico asombro, estallaron en ruidosas carcajadas. Cristina no fue capaz de mirarlas. Sintió la sangre golpeando sus mejillas y un profundo sentimiento de ridículo se apoderó de ella.

—Abuela… ¡Cállate!"

 

 

Alexander:

"—¡Aquí están mis chicas! —Alexander, que había aparecido como por arte de magia, tomó a Claudia y a Leo por los hombros y le hizo un gesto a Cristina para que lo siguiera —. ¿Dónde estabais? ¡Os he estado buscando por todas partes!

Cristina ya se disponía a seguirlos cuando Miguel la tomó suavemente del brazo.

—No he querido molestarte.

—Vale, da igual. —Trató de deshacerse de él.

—Solo quería invitarte a tomar algo.

—Gracias, pero no quiero nada.

—Oye, ¿estás enfadada conmigo?

Cristina suspiró y vio a Alexander observándola desde la pista de baile.

—No.

—Pero ya no me sonríes.

Sin saber qué decir, bajó la mirada.

—¿Me regalas una última sonrisa?

Alexander se acercó de nuevo.

—Lo siento, tío, pero esta también es para mí. —Tomó a Cristina de la cintura y se la llevó en silencio. Cuando se perdieron entre el tumulto, ella suspiró aliviada.

—Tienes que ser un poco más borde, ¿vale?

—Es que al principio era amable.

—Claro, Cris, al principio todos somos amables.

—Me pareció guapo.

Alexander se detuvo en medio de la pista y la miró divertido.

—¿Beee te pareció guapo?

—No se llama Be, se llama Miguel.

—Se llama Beee desde hace seis meses.

—¿Por qué?

—El invierno pasado… ¿Cómo puedo decirte esto…? El invierno pasado se fornicó a una oveja.

Cristina visualizó la escena en su mente. A continuación dirigió a Alexander una mirada de espanto.

—¿¡Qué!?

—Y lo grabó todo con una cámara de video.

Cristina se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos.

—¡Cállate, Álex! ¡Saca eso de mi cabeza! ¡Quiero sacar eso de mi cabeza!

Alexander se encendió un cigarro.

—Sí… —dijo con la mirada perdida y cierta dosis de fanfarronería—. Yo también quise, pero me fue imposible. Si hubieras visto el maldito video.

—¡Cállate, Álex! ¡Cállate!

Alexander rompió a reír. Comenzó a sonar de pronto una canción de rock. Al chico se le iluminaron los ojos.

—¡Por fin! ¡Es «Crimson and clover»! Parece que esta canción nos persigue, ¿eh? ¡Vamos a bailar, Cris!

Cristina acababa de divisar a Saúl y a las chicas cuando Alexander la tomó de nuevo de la cintura y la atrajo hacia sí.

—Álex…

—Déjate llevar, Catsi.

Comenzaron un suave balanceo."

 

 

Santi:

"Dos días después del incidente del regaliz, regresó a la piscina y se dejó caer de forma casual alrededor del grupo de su hermano. Llevaba en sus manos un bocadillo de media barra de pan, untada a doble cara con Nocilla. El efecto fue inmediato.

—¡Eh, tú! ¿Y ese bocata? ¡Dame un poco!

Santiago contempló a su hermano como si acabara de descubrirlo en ese momento.

—¿Me dices a mí?

—¿Tú qué crees? ¿Eres tonto o qué te pasa? Dame un poco, te he dicho.

El niño se encogió de hombros y se acercó de forma distraída. Observó a Cristina, la cual le miraba con una amplia sonrisa, sentada en el césped junto al resto del grupo. Su pobre corazón se desbocó en el acto, pero trató de aparentar normalidad. Había llegado la hora de recobrar su honor.

—Venga, dame la mitad. Es de buenos cristianos repartir el pan, ¿no lo sabías? —Saúl extendió el brazo para arrebatarle el bocadillo, pero Santiago fue más rápido y evitó el robo.

—Claro que lo sé. Por eso voy a ofrecer primero a tus amigas.

Se hizo un eco de asombro entre las chicas, y Santiago comprobó con regocijo cómo la sonrisa de Cristina se hacía más grande.

—¡Qué adorable! —Claudia, la chica rubia de uñas pintadas, fue la primera en dar un bocado.

Saúl observaba confuso.

Alexander, el mejor amigo de Saúl, contempló divertido la situación y soltó una carcajada.

—¡Este chaval sabe lo que hace!

Luego le llegó el turno a la pelirroja, de la cual ni siquiera recordaba su nombre. Le metió un mordisco tan grande que Santiago llegó a sentir auténtica molestia. «¡Qué morro! ¡Con lo fea que es, encima!», se dijo, pero su rostro no movió ni un músculo.

Por fin llegó el turno de Cristina. Tomó el bocadillo con las dos manos y dio un bocado enorme. Lo masticó con placer y le hizo un gesto de aprobación con la mano.

Santiago sonrió embelesado. Hubiera podido morir allí mismo si no fuera porque otra vez percibió a Saúl tratando de arrebatarle el bocadillo. Sin embargo, él fue más rápido de nuevo y salió huyendo a toda velocidad. Oyó los gritos amenazadores de su hermano y se volvió para mirarle desde una distancia prudencial. 

—¿Quieres un bocata, Saúl? ¡Bésame el culo, primero!

Le vio entonces echar a correr hacia él, con el semblante rojo y descompuesto por la ira, y de nuevo salió a la carrera, en dirección a la salida del recinto y sin ánimo de mirar atrás. No obstante, todavía pudo oír las carcajadas de las chicas, lo cual supuso la cúspide de la gloria para su espíritu."

Leo

"—Voy a llevarlos arriba para que me escuchen tocar el violín.

María afirmó con la cabeza.

—La cena estará en media hora.

De modo que los tres chicos subieron a la segunda planta, entraron en la habitación de Leo, y Cristina y Santiago se sentaron en la cama. La pelirroja tomó su violín de la estantería, lo sacó de la funda y se sentó en una silla frente a ellos.

—Tengo que afinarlo.

Cristina y Santiago afirmaron en silencio.

Tras varios minutos haciendo sonar las cuerdas y girando las clavijas, volvió a mirarlos de nuevo con expresión solemne.

—Ya estoy preparada.

—De acuerdo.

—Voy a tocar «Canon en Re Mayor», de Johann Pachelbel.

La pareja de oyentes afirmó con la cabeza, con la misma inexpresividad que si les hubiera hablado en un idioma desconocido. Aun así, la adolescente aguardó un instante para permitir que sus palabras provocaran el efecto deseado en los rostros de sus interlocutores, pero como esto no sucedía, decidió comenzar.

—Ahí voy.

Adoptó la posición, colocó el arco sobre las cuerdas y cerró los ojos.

La melodía se abrió paso lentamente, insegura y torpe como los primeros pasos de un niño que está aprendiendo a caminar. Pero aquella confusión no duró más de medio minuto. Para entonces, los dos jóvenes oyentes ya habían identificado la melodía y escuchaban cautivados. Y a partir de ese instante la música se desató. Fue como si Leo abriera las rejas de una prisión imaginaria y dejase escapar los acordes al viento de la tarde, vibrantes, ágiles y rebosantes de dinamismo y viveza.

No era, tal y como a los chicos les parecía en aquel momento, una demostración de maestría. Se trataba, más bien, de una promesa en potencia, un clamor sin control embargado de una pureza similar a la sonrisa de los bebés cuando observan el mundo por primera vez, parecida también a una carcajada espontánea o al gorjeo de un pájaro cantor al ver la luz del sol tras una noche de lluvia.

Cuando hubo finalizado, sus dos oyentes aplaudieron entusiasmados.

—Toca otra, Leo.

Y Leo sonrió divertida. Entonces comenzó a tocar «Oh, Susana», y Cristina y Santiago cantaron al ritmo de la canción."

 

Claudia:

"Alexander apoyó la guitarra contra la pared y se sentó a la batería, pero enseguida se sintió confundido y frustrado.

—Claudia, pon la canción otra vez.

Pero Claudia seguía danzando alrededor de los instrumentos, absorta en su propia ensoñación de bailarina.

—Claudia, dale al play.

La chica se limitó a estirar una pierna como si de una gimnasta se tratase.

—¡Claudia, ¿qué cojones estás haciendo?! ¡Somos un grupo de rock! ¡Los grupos de rock tocan música, no hacen esas gilipolleces de anuncios de compresas!

La chica le devolvió una mirada furiosa.

—¡Por si no te has dado cuenta, no tengo ningún instrumento! ¡Deberías agradecerme que esté tratando de sacar una coreografía digna para semejante bodrio de canción!

—¿Bodrio de canción? —A Saúl se le desorbitaron los ojos.

—Creía que estábamos de acuerdo en la canción que hemos elegido.

—¡No, Alexander! —replicó Claudia cada vez más furiosa—. Tú estás de acuerdo contigo mismo y lo demás te da igual porque eres un egoísta."

 

Los lectores pueden adquirir la novela de Todas las canciones de Rock tanto en papel como en digital en la plataforma de Amazon.


Sobre esta noticia

Autor:
La Reina Lectora (10 noticias)
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Tipo:
Nota de prensa
Licencia:
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