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Conversando con Daniel Gascón

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11/07/2018 11:47 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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El artículo o el libro sobre el así llamado procès empieza a parecer un rito de paso para los jóvenes y no tan jóvenes intelectuales españoles. Sobre todo desde el sector que coincide en considerar el procès como un golpe de Estado y sitúa su resolución en el ámbito jurídico, lo que comporta penas gravísimas por cargos no avalados por el resto de judicaturas europeas, al menos por aquellas donde se han "refugiado" varios políticos catalanes. El golpe posmoderno (Debate, 2018) de Daniel Gascón, el editor de Letras Libres, quizás sea la más implacable de estas tentativas por demoler la maquinaria propagandística del procesismo; lo que sigue más que una entrevista pretende ser la exposición y exploración de una serie de disidencias.

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Empiezo con una pregunta evidente: ¿qué es un golpe de Estado posmoderno?

Por un lado, un golpe en el sentido clásico: se intenta pasar de un orden legal a otro de una manera que no está prevista en el orden precedente. Es lo que vimos el 6 y el 7 de septiembre. Es posmoderno por cuestiones como el uso de la violencia: no es explícito sino implícito, y de hecho esperas que quien lo cometa sea el adversario. Y también por elementos como la naturaleza ambigua, negable del golpe: si hubiera funcionado, no se podía detener; si no, era algo expresivo, simbólico, un gesto. Las instituciones del Estado se utilizan contra el propio Estado: no hace falta tomar los medios, porque ya están de acuerdo con el asalto. La idea era que un Estado moderno no tendría los recursos para responder a ese desafío posmoderno.

En el libro descompone casi uno por uno los disparates del procès (la mayoría reconocidos ya como mentiras por sus faroleros organizadores: estructuras de Estado, permanencia en la UE, separación sin coste económico, unilateralidad amistosa...). Ciertamente es espectacular que alguien pueda seguir creyendo estas trolas; usted las considera post-verdades, pero ¿no es la misma combinación de propaganda de siempre combinada con la capacidad de resistencia a los "datos" de los "creyentes" de una empresa colectiva? ¿Qué papel específico o novedoso ha jugado la Red?

Hay muchas cosas que hemos visto otras veces: las manipulaciones, la distorsión, el malentendido deliberado. No sé si esta especie de cierre a todo lo que se pudiera interpretar como la versión de los otros era tan radical antes. Esa "capacidad de resistencia a los datos" es, creo, lo que lo acerca más a la posverdad o a la posfactualidad: una visión un tanto cínica, en la que los hechos se confunden con las opiniones y donde todo lo que venga del adversario es mera propaganda. Hemos visto a expertos en sus campos negando cuestiones que eran elementos básicos de su área de conocimiento: la posición y las reglas de la Unión Europea, la sensación de inseguridad económica... Había un desacuerdo sobre los conceptos, un empleo deliberadamente engañoso de palabras como democracia (se oponía al imperio de la ley, pero ¿qué democracia es esa en la que no se respetan las leyes, también por supuesto para modificarlas?), y la tarea propagandística de la Generalitat y de TV3 ha tenido una intensidad muy llamativa. Diría que la Red ha servido para acelerar, para coordinar los mensajes. Permite también un elemento expresivo que antes no era tan visible. Luego tiende también a inflamar: la temperatura de la discusión sube. Y uno, al discutir, ve más los excesos del contrario que de los de su propio bando.

En Cataluña, a muchos "intelectuales" que considerábamos la DUI un proyecto inviable pero que estaríamos a favor de un referéndum se nos ha llamado "equidistantes" por no seguir a pies juntillas los delirios oficiales (repito el contenido del paréntesis anterior: estructuras de Estado, permanencia en la UE, separación sin coste económico, unilateralidad amistosa...). En su libro traza una nómina de intelectuales que se han expresado sin "ambigüedad" sobre el procès; entre ellos hay figuras tan residuales como Jiménez Losantos (quien hace poco solicitaba capturar a los alemanes residentes en Mallorca como rehenes y bombardear Barcelona en caso de necesidad). Ante este y otros ejemplos, ¿no cree que solicitar el reconocimiento de Cataluña como nación y trabajar con el horizonte de un referéndum pactado se parece más a una posición moderada y constructiva que equidistante o ambigua?

No, en el libro digo más bien que hay intelectuales y políticos que hace mucho tiempo se opusieron al proyecto de construcción nacional del pujolismo: entre ellos está Jiménez Losantos, pero también Tarradellas o Félix de Azúa. Mucha otra gente no estaba de acuerdo con esas críticas, porque creyeron que en esa reivindicación de la cultura catalana había una defensa de cosas que merecía la pena defender, creían en la función integradora, en la importancia de la lengua y la tradición literaria. Muchos de ellos han visto cómo esos elementos valiosos se han utilizado de manera torticera.

Luego, al procès se han opuesto sin ambigüedad intelectuales de posiciones muy distintas, también gente que venía del catalanismo. Han sido muy críticos algunos que venían del independentismo porque la vía escogida era no solo unilateral e ilegal sino también profundamente antidemocrática y carente de realismo. También ha habido muchos otros que se negaban a ver esos aspectos tan inquietantes (y evidentes) del independentismo, o que se empeñaban en establecer equivalencias entre un lado y otro (unas equivalencias donde lo que se hiciera desde el conjunto de España era siempre peor). Para mí lo de nación es una distinción semántica y quizá no tan decisiva en abstracto, pero sabemos que quienes lo reclaman tienen otra intención. En cuanto al referéndum, a mí no me parece una solución viable: creo que, en una situación con dos grupos casi del mismo tamaño, solo serviría para incrementar las tensiones. El referéndum debe servir para certificar un consenso, no para visibilizar la división.

La catalanofobia es un lugar común entre los intelectuales del procès. Ha dado lugar a artículos memorables: poetas convencidos de que no ligaban en una discoteca de La Mancha porque se expresaban catalán, prosistas persuadidos de que si escribieran en italiano tendrían el éxito que se les niega en "Madrid", o un historiador amateur asegurando que estábamos peor que en el franquismo porque un locutor se equivocó al pronunciar el nombre de un novelista catalán. Todo esto es penoso y divertido a partes (más o menos) iguales, pero es un género con gran predicamento. Quería preguntarle, ¿el "supremacismo catalán" es una etiqueta análoga, tiene base, ha desarrollado una literatura parecida, es una moda conceptual, conoce usted ejemplos?

Creo que el supremacismo y el victimismo del nacionalismo catalán son mucho mayores. Es esa clásica paradoja de un pueblo que es superior pero está oprimido. Existen ejemplos de catalanofobia, pero su representatividad es menor. Los dirigentes políticos españoles no emplean un discurso en esa línea: ni abiertamente ni en clave. En cambio, hemos visto a personas con altísima responsabilidad en instituciones catalanas hablando con desprecio o directamente racismo hacia catalanes de la etnia incorrecta o hacia españoles de otras partes del país. Los independentistas ?pero no solo ellos: hay una sensibilidad propensa al agravio? sacan unas frases de Intereconomía o el exabrupto de un periodista de extrema derecha, pero no estamos hablando de una cadena pública ridiculizando a los castellanoparlantes o a los andaluces, o del presidente de la comunidad autónoma diciendo que quienes votan al PP y Ciudadanos no tienen sitio en Cataluña, ni a otro presidente diciendo que el ADN catalán es distinto (carolingio), ni a otro hablando de la brutalidad intrínseca del hombre andaluz. Cuando salió lo de Torra hubo una reacción que era hablar del error propagandístico: esas frases, decía un articulista, no se van a entender en Europa. Igual es al revés: igual se comprenden demasiado bien y se entiende qué es ese discurso. Aunque hemos visto que la movilidad social en Cataluña es menor de lo que habríamos pensado, y aunque hay una literatura de la emigración (pensaría en libros de Marsé, de Pisón, de Villalobos), no me parece que sea equivalente.

En el libro usted defiende un género que a mí me parece insatisfactorio: el del intelectual español que proclama su amor a la cultura catalana con una serie de nombres del pasado (algunos de los cuales ni siquiera tienen un papel vivo en el debate actual): Llull, Verdaguer, un poco de Pla... Concedo que mejor eso que nada, y no quiero acusarles yo ahora de "equidistantes", pero ¿no tenemos un déficit de relación entre las culturas del Estado? ¿No podría ser esa una vía para reafirmarlo? ¿Un propósito para el que los hombres y mujeres "de cultura" podríamos ser más útiles?

Probablemente. Lo que me llama la atención es que cuando alguien dice eso no es raro que salga alguien a quejarse: los referentes son viejos, o poco variados, etcétera. Nada es suficiente. Podría hacerse. Yo siempre he visto esa relación como algo natural: mi padre escribe en gallego y en castellano y ha traducido del catalán; la editorial Xordica, que fue donde empecé a publicar, ha apostado por esa conexión entre lenguas no solo españolas sino también "ibéricas"; uno de los mejores escritores aragoneses del siglo XX, Jesús Moncada, escribía en catalán. Esta conexión es difícil por muchos factores: por la potencia del castellano, por lo grande que es la oferta literaria en general, porque ahora llegamos mucho a las cosas a través del inglés, porque ha habido quizá más una apuesta por construir un ecosistema autónomo que por propiciar sus conexiones, porque a veces los defensores de su lengua cooficial no manifiestan el mismo interés por las lenguas de otros territorios que también tienen tradición literaria.

Si me permite una pregunta medio en broma, medio en serio. Su libro está escrito con una asombrosa frialdad. Si atendemos al tópico, ¿está seguro de ser español?

Jaja. Me preocupa más el Estado de derecho que la unidad de la nación. Tengo una posición clara, pero me gusta escribir pensando en que puedo discutir con alguien que piense de una manera muy distinta. Quería mirar las cosas con cierta frialdad y algo de ironía, también sobre mí mismo.

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Daniel Gascón (Zaragoza, 1981). Licenciado en filología inglesa e hispánica. Ha publicado el libro de relatos La edad del pavo (2001) y las novelas El fumador pasivo (2005), La vida cotidiana (2011) y Entresuelo (2013). Es co-guionista de la película Todas las canciones hablan de mí (2010) dirigida por Jonás Trueba. Actualmente es el editor responsable de la edición española de la revista Letras Libres.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (1836 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Reportaje
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