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Entrevista a René Girard. Las trampas del deseo

01/07/2012 05:11
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Alejandro Llano

—En su último libro, como respuesta a la cuestión de ser creyente o no serlo, hace un análisis del concepto de conversión –en el sentido más amplio de la palabra, no sólo en el religioso– realmente impresionante.

Dice que su conversión personal consistió en descubrir su propio mimetismo. ¿Qué entiende por ello?

—La forma que tenemos de considerar la realidad está evidentemente

influenciada por nuestros deseos. Sabemos, por ejemplo, desde Marx que nuestra posición económica, nuestro deseo de dinero, que implica un gran mimetismo, ejerce influencia sobre la visión que tenemos de todo.

Desde Freud sabemos que ocurre lo mismo con nuestros deseos sexuales, incluso, y sobre todo, cuando no somos conscientes de ello. Intentamos

liberarnos de esas distorsiones, pero ciertos métodos objetivos, como pueden ser el análisis sociológico o el psicoanálisis, son en realidad inadecuados e incluso conducen a falsos resultados, en la medida en que el aspecto propiamente individual del mimetismo de nuestros deseos y de sus conflictos se les escapan. Esos métodos, supuestamente objetivos, no tienen en cuenta para nada la influencia que ejerce

sobre cada uno de nosotros la propia experiencia, la existencia concreta. Nadie es competente para analizar mis deseos personales, ni siquiera yo mismo, a no ser que los considere con la misma mirada de desconfianza con que considero los deseos de los demás. Y siempre encuentro en el punto de partida de mis deseos un modelo que he

querido imitar y que se ha convertido en un rival.

—¿Significa esto que casi todas las opiniones o convicciones personales a las que tanto nos aferramos son el producto mimético de un contexto histórico, de

la opinión mayoritaria, etc.?

—Casi siempre, aunque no siempre. La oposición sistemática –y simétrica– es frecuentemente el esfuerzo deliberado que hacemos para escapar del mimetismo, y por consiguiente también es mimética. Al pretender oponerse al error común, termina siendo tan sólo la imagen invertida del error. Es decir que sigue siendo tributaria de aquello de lo cual quiere escapar. Hay que analizar caso por

caso. Lo cierto es que estamos infinitamente más impregnados de lo que creemos por los

prejuicios de nuestra época y del grupo humano al que pertenecemos. Estamos miméticamente fechados, por decirlo de alguna manera.

—Cita usted el caso de Heidegger, que se creía libre de mimetismos y que sin embargo, al optar por el nazismo, se puso a pensar él también como se pensaba en su entorno. ¿Quiere decir con ello que ni siquiera su propia reflexión filosófica consiguió

inmunizarle contra el poder del mimetismo? ¿Podemos generalizar esta observación?

—El deseo mimético es cada vez más visible en nuestro mundo y, desde el romanticismo,

somos muy conscientes del deseo mimético de los demás, pero casi siempre para olvidar

mejor el nuestro. Nos excluimos de nuestro propio campo de observación. Es lo que ocurre con Heidegger, creo yo, cuando define el deseo del vulgus pecus como el ser marcado por la no-autenticidad, mientras que él se arropa dignamente en su propia autenticidad, es decir, en un individualismo inaccesible a cualquier influencia.

Pero es fácil constatar que, cuando se era nazi en su entorno, Heidegger lo fue, y cuando se repudió el nazismo, Heidegger también lo repudió.

Esa coincidencia justifica cierta desconfianza hacia la filosofía de Heidegger. Ello

no justifica, por contra, que se le considere como un criminal de guerra, como lo hacen algunos de nuestros contemporáneos políticamente correctos.

Estos últimos están más cerca de lo que creen del filósofo porque, como él, presentan su sumisión a las modas políticas como enraizada en lo más profundo de su ser. Probablemente tienen menos ser de lo que creen. Intelectuales y mayoría...

—¿Es el mimetismo un gran igualitario que hace de todos, incluso de los sabios, un clon sin más?

—Creo que los intelectuales son, muchas veces, incluso menos lúcidos que la mayoría, porque el deseo que tienen de ser diferentes les empuja a identificarse con lo absurdo de moda, mientras que el ciudadano medio percibe con frecuencia –aunque no siempre– que la moda se lleva mal con el sentido común.

—Lo que usted dice recuerda una frase que Bernanos escribió en 1947: «La mentira ha cambiado de repertorio». ¿No es precisamente la mentira a que se refiere Bernanos el borregueo desesperante de la mayoría, es decir, el mimetismo?

—La palabra repertorio es admirable porque, en nuestro universo mediático, cada cual encuentra un papel para sí en una obra de teatro escrita por otro. Esa obra permanece en cartel durante cierto tiempo y todos los días cada cual la representa a conciencia en la prensa, en la televisión y en las conversaciones mundanas. Y

de repente, un buen día, en un tiempo récord, se pasa a otro estereotipo, que sigue siendo una reacción mimética. En definitiva, el repertorio cambia con frecuencia, pero siempre se trata de un repertorio.

—Si el mimetismo tiene tal poder, ¿cómo explicar el fenómeno de la disidencia? ¿Cómo y por qué hay hombres y mujeres que escapan a la opinión común y son capaces, como Solzhenitsyn y algunos otros, de tener razón contra todos?

—Hay una disidencia que no es más que espíritu de contradicción, deseo mimético redoblado e invertido, pero hay también una disidencia real, histórica y propiamente genial, ante la cual debemos inclinarnos. Piense en la disidencia de Antígona en la obra de Sófocles, por ejemplo. No pretendo explicar la actitud de Solzhenitsyn por el deseo mimético.

Más sobre

—¿Quiere usted decir que es infinitamente más difícil de lo que parece llegar a un mínimo de objetividad, es decir, a una visión no mimética y no sacrificial de nuestro mundo?

—Creemos que nuestro universo mental está esencialmente constituido por valores

positivos, que adoptamos libremente porque son justos, razonables, verdaderos.

Pero, en las culturas más diversas, todo ello tiene un revés que supone la expulsión

de ciertas víctimas y el odio a los valores por ellas encarnados. Nuestros valores

positivos son el revés de ese odio. En la medida en que el odio estructura nuestra

visión del mundo, desempeña también, por consiguiente, un papel muy importante.

Sabemos hoy en día que incluso en el ámbito de las ciencias físicas, a escala de lo infinitamente pequeño, el hecho de ser observado afecta al objeto en observación. En cualquier investigación que se proponga respetar la verdad, la objetividad es esencial. Pero si se quiere ser objetivo, hay que tener en cuenta todos los elementos que influyen en la percepción del objeto, como la distancia que nos separa de él, el tipo de iluminación, etc. El error del viejo positivismo consistió en creer

que pasaría lo mismo en el ámbito de lo humano, una vez eliminado el componente religioso.

Creyeron que el observador podría distanciarse sin problemas de lo que observase y aplicar a ese objeto específico los métodos científicos estándar. Es evidente, sin

embargo, que nuestros sucesores, cuando consideren nuestra época, advertirán la misma

uniformidad y ceguera que nosotros advertimos en las generaciones pasadas. Muchas

cosas que nos parecen ahora mismo evidencias incuestionables les parecerán a ellos

cercanas a la superstición colectiva. Desde mi punto de vista, la conversión consiste precisamente en tomar conciencia de ello, en despojarse de esas adherencias inconscientes. Actitud que también es, por cierto, un primer paso hacia

la modestia...

—¿Lo consigue usted siempre? En su último libro, por ejemplo, pone al final un texto polémico, réplica a Régis Debray. ¿Supone una caída por su parte en la tentación del mimetismo polémico?

—La rivalidad que existe entre nosotros no es ajena, me temo, al contenido de mis textos polémicos. Escribir es para mí algo tan difícil que no podría volver a ello sin la ayuda de un excitante cualquiera. El más eficaz, porque está directamente relacionado con lo que quiero decir, es una buena dosis de rivalidad mimética. Régis Debray me interesa por dos razones. Una de ellas es negativa, y consiste en que ignora totalmente lo que vengo repitiendo desde hace cuarenta años: rivalidad

mimética, precisamente. Nunca lo ha mirado de cerca. La segunda razón es positiva,

y es su realismo frente al fenómeno de lo religioso. Las soluciones que propone apuntan en una dirección que me interesa, pero se quedan a medio camino. Una confusión persistente

—Diría usted que el principal fallo de Régis Debray consiste en que le fascina más la

mensajería (el catolicismo histórico) que el mensaje, es decir, la ruptura evangélica, cuya importancia no comprende?

—Sí. En todo Occidente, por lo demás, la confusión entre mensaje cristiano e institución clerical persiste, a pesar de todo lo que debería disiparla.

Desde el siglo XVII, la Iglesia católica ha perdido no sólo el poder temporal que le quedaba, sino además a casi todos los fieles, y también a los clérigos que, exceptuando honrosas excepciones, se encuentran en un nivel bajísimo, sobre todo en los Estados Unidos: rezuman reclamaciones pueriles y conformismo antirreligioso.

Parece que los militantes anticatólicos no se dan cuenta de ello. En el fondo, son más creyentes que sus adversarios y quizás ven más lejos que ellos. Ven que el derrumbe de las utopías anticristianas, junto con la expansión del Islam y las

conmociones por venir, transformarán forzosamente de cabo a rabo, en un futuro próximo, la visión que tenemos del cristianismo.

—Hace pocos meses ha impresionado su defensa de la película de Mel Gibson reduciendo la fuerza del testimonio de Cristo a la violencia exhibicionista que soportó, mientras que muchos representantes de instituciones cristianas, incluyendo al arzobispo de París y a varios obispos, pastores y teólogos, reaccionaron a la película con hostilidad.

—Vi la película en Estados Unidos, y allí escribí un artículo sobre ella. Dije lo que pensaba en función de las reacciones americanas, a veces muy violentamente hostiles, pero mucho más variadas que en Europa.

Francia se imagina que esa Pasión desborda de americanismo: «Hollywood cien por cien», he leído en algún sitio; cuando en realidad Hollywood no tiene nada que ver con el asunto. Un obispo de Québec me contó que llevó a una de sus parroquias a

ver la película y que, después de la proyección, sus parroquianos, todos de lengua francesa, permanecieron rezando más de media hora en el cine, transformado en iglesia.

—¿Cómo explica usted que, en Francia, solamente los católicos muy tradicionalistas han apoyado la película? ¿No resulta paradójico que se encuentre usted en ese campo?

—El ser un antropólogo revolucionario no me impide ser un católico muy conservador; al contrario. Huyo como de la peste de las liturgias estrambóticas, de los catecismos insípidos y de las teologías desarticuladas. Lo cierto es que, al arrinconar lo religioso en una especie de gueto, como tiende a hacerlo cierta laicidad, uno se incapacita para comprender muchas cosas. Se cercenan tanto la religión como la investigación no religiosa. Fuente: humanitas

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