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Franco en la noche de los muertos vivientes

30/06/2018 06:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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El caballo de Franco voló de madrugada, mucho después de los postres, a la hora del copazo y las confidencias etílicas. Santiago Carrillo acababa de cumplir noventa tacos y aquella noche se encontró con una encerrona festiva en un hotel de Madrid. En la cena estaban Zapatero y Llamazares, Ibarretxe y Pujol, Corcuera y Barrionuevo, Peces-Barba y Martín Villa. No pudieron asistir pero enviaron su cariñosa adhesión el rey Juan Carlos y Adolfo Suárez. Cuentan que ya en la sobremesa, en el turno de los regalos, el presidente Zapatero se acercó a Carrillo, a Joaquín Sabina y a Miguel Ríos para darles la noticia. Guiño. Codazo. Una grúa iba a extirpar la estatua ecuestre del Generalísimo frente a los Nuevos Ministerios. Era marzo de 2005 y el abuelo gallego se había tirado treinta años de democracia, impasible el ademán, criando roña en la intemperie madrileña sin que nadie se hubiera atrevido a descabalgarle.

Todavía se conservan vídeos del caballicidio. Con nocturnidad y alevosía, atrapada entre cinchas rojas y bajo la mirada asombrada de los operarios del ministerio, la estatua levantó el vuelo como un pegaso nacionalcatólico mientras un grupo de espontáneos aplaudía y otro grupo gimoteaba caralsoles brazo en alto. La operación se repitió en 2006 en Zaragoza. El caballo franquista de Santander, por su parte, despegó a regañadientes en 2008. La estatua ecuestre de Montjuïc, que había sido retirada también en 2008 y decapitada en 2013, regresó a las calles de Barcelona en 2016 para una exposición sobre impunidad y espacio urbano. Lo que parecía una invitación a la polémica terminó convertido en un happening democrático donde no faltaron ráfagas de spray y huevos, banderas sediciosas, muñecas hinchables y cabezas de cerdo. Fue en 2010 cuando Melilla arrancó por fin la última estatua ecuestre del Caudillo pero se guardó en la manga un Franco pedestre que había plantado UCD en plena democracia y que el PP ha defendido hasta nuestros días.

Mariano Rajoy y Eduardo Zaplana protestaron en 2005 contra la amputación de la escultura ecuestre madrileña igual que Andrea Levy o Pablo Casado han venido poniendo caras largas ante la inminente exhumación de los huesos del tirano

Si no hubiera existido una dictadura carnicera de pelotones de fusilamiento y campos de trabajo, uno miraría estas reliquias fascistas con un gesto de ternura. Y si la sombra del Generalísimo no fuera tan alargada, resultaría divertido constatar las pataletas de los Francoliebers, amantes de estatuas clandestinas e infractores orgullosos de la Ley de Memoria Histórica. Ahí están, llorando a lágrima viva por la ferralla dictatorial y añorando los tiempos de gloria, como si la geografía española no estuviera aún regada de nomenclatura franquista, de divisiones azules, de primos de rivera, de sanjurjos, de yagües y de molas. Poca gente lo recordará, pero Mariano Rajoy y Eduardo Zaplana protestaron en 2005 contra la amputación de la escultura ecuestre madrileña igual que Andrea Levy o Pablo Casado han venido poniendo caras largas ante la inminente exhumación de los huesos del tirano en el Valle de los Caídos. Los veo y me parecen zombis paleolíticos de un régimen que ya no existe pero que todavía hoy se resiste a morir.

Los zombis neofranquistas deambulan por nuestras calles como personajes catatónicos de Edgar Allan Poe y desayunan cerebros en los matinales televisivos. En España hay muertos vivientes preconstitucionales que frecuentan los ministerios y la judicatura y las fuerzas policiales. Es fácil distinguirlos porque huelen a armario cerrado y a polvo antiguo. Siempre les viene mal la memoria y exhiben con pundonor el título de subcampeones del mundo de fosas comunes. Los zombis tienen títulos nobiliarios, véase el Ducado de Franco, instituido por el rey Juan Carlos en 1975 y traspasado a Carmen Martínez-Bordiú por el ministro Catalá en el mismo día de la moción de censura contra Rajoy. Los zombis también tienen un pazo en la costa coruñesa y reclaman trece años de cárcel contra diecinueve personas que desplegaron una pancarta con el lema "Franquismo nunca máis". Hay incluso una fundación de zombis engordada con subvenciones del gobierno de Aznar que glorifica el golpe del 36 y preserva el legado del padre de todos los zombis.

La Fundación Francisco Franco, curtida en los tribunales y los debates de La Sexta, se enfrenta ahora a una batalla ímproba. El Gobierno de Sánchez ha prometido que este verano revolverá el sarcófago del Caudillo y entregará la insigne momia a su familia. El gallinero no ha tardado en alborotarse y por el camino han proliferado las propuestas más variopintas, desde Izquierda Unida, que pide demoler la cruz del Valle de los Caídos, hasta Ciudadanos, que sueña con convertir el chiringuito en un "cementerio nacional". Bien mirado, parece increíble que hayamos sido capaces de mantener durante sesenta años, cuarenta de ellos en democracia, un Disneylandia facha construido con mano de obra esclava para mayor gloria del último aliado de Hitler en Europa.

Llegará el día o la noche de la exhumación y se repetirá la escena del cumpleaños de Carrillo pero sin Carrillo. Aparecerá un dispositivo policial y un contingente de operarios del ministerio de turno. Acudirán nostálgicos entre cánticos y aguiluchos. Llegarán republicanos para frotarse los ojos entre la incredulidad y la alegría. Cuando la maquinaria esté dispuesta por fin para profanar el sepulcro, habrá flores sobre la losa. Entonces el zombi supremo se levantará después de cuarenta años de letargo y echará un vistazo peregrino a su legado. Dan ganas de llevárselo de paseo y mostrarle todas las cosas que han cambiado pero también aquellas que quedaron fosilizadas para siempre en el pasado. Mostrarle el balcón del Palacio de Oriente desde donde saludaba a sus adeptos. Las calles con su nombre. Las cruces por los caídos. La monarquía que nos dejó como un chicle pegado a un pantalón después de varios lavados. Y dan ganas de escuchar qué les diría a los demás zombis, esos que todavía hoy le suceden y le agasajan y le añoran.

Apuntad esa fecha en el calendario, la noche de los muertos vivientes, y pensad que los zombis viven a nuestro lado y que no son pocos. Que están en las televisiones y en los despachos del IBEX 35. Que visten corbata o chandal o toga. Que votan y son votados. Pero sobre todo recordad que no están tan muertos como parece. Que están vivitos y colean. Que no son tan demócratas como quieren pensar y que pintan más de lo que quisiéramos creer. Todavía en 2018. Halloween en pleno julio, quién lo iba a decir.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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