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Los ovnis y la sangre

28/08/2018 08:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Sacrificios animales y humanos de origen extraterrestre

Pues bien, en línea con esta idea e identificación, nos encontramos con otro hecho que no puede menos de llenarnos de pasmo, después de lo que hemos visto en párrafos anteriores. El hecho desnudo e irrefutable es el siguiente: Los ovnis acostumbran con cierta periodicidad, a llevarse determinadas vísceras y sobre todo grandes cantidades de sangre que extraen de animales —preferentemente vacas y toros— que previamente han sacrificado en granjas. Estas carnicerías, que siempre suceden durante la noche, han ocurrido prácticamente en todas partes del mundo, y las autoridades de unos cuantos países, avisadas por los ganaderos perjudicados, han intervenido activamente para dar con el causante de las matanzas, sin que nunca hayan llegado a dar una explicación convincente.

El hecho de que nosotros relacionemos estas muertes con los ovnis no proviene de deducciones o de la falta de una explicación convincente por parte de las autoridades, sino por haber investigado personalmente unos cuantos hechos de esta índole y por haber oído los testimonios de testigos presenciales.

El lector que por primera vez oiga o lea acerca de esta extraña cualidad de los ovnis, (que los hace en cierta manera semejantes al legendario Drácula), pensará inmediatamente que se trata de una leyenda más. Dejando a un lado a Drácula (de cuyo aspecto legendario habría mucho que hablar) nos encontramos ante hechos para cuya investigación no hay que acudir a tradiciones orales o a viejos libros, sino que lo único que hay que hacer es tomarse el trabajo de leer ciertos despachos que las modernas agencias de noticias publican de vez en cuando en los periódicos. Y el que, ante un hecho tan extraño, quiera convencerse, tiene que hacer lo que hizo el autor, que en cuanto apareció la primera noticia en el periódico acerca de misteriosas muertes de animales (que aparecían con extrañas heridas en el pescuezo y en la cabeza, y totalmente desangrados) salió inmediatamente para aquella región montañosa a investigar los hechos personalmente. Y no sólo fue capaz de oír testimonios, sino que fue capaz de fotografiar vacas que habían sido muertas aquella misma noche por los ovnis, y que tenían las heridas características de esta clase de muertes.

Las muertes y el desangramiento de animales por los ovnis un hecho totalmente admitido por todos los buenos investigador del fenómeno, y en los Estados Unidos, hasta llegó a publicar una pequeña revista titulada «Mutilations» dedicada exclusiva mente a catalogar todos estos fenómenos. En dicha revista, limitaban casi exclusivamente a hechos ocurridos en los Estados Unidos, pero es de sobra conocido que tales matanzas ocurren la actualidad en todos los continentes y de algunas naciones como Francia, Brasil y Sudáfrica, entre otras, hay informes muy detallados, fruto de largas investigaciones.

Comprendo la extrañeza y hasta la duda que un hecho como éste pueda producir en todos aquellos lectores que oyen por primera vez semejantes hechos. Pero en éste como en casos semejantes, lo sabio no es cerrarse ante la realidad negándola desinteresándose de ella; lo sabio es investigar a fondo sin miedo y sin prejuicios y dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias. No hacerlo así, es exponerse a permanecer en el error, desgraciadamente esto es lo que ha pasado a la humanidad y sigue pasando en cuanto a sus creencias «sagradas» y en cuanto muchas otras creencias que tienen que ver con la razón de ser con la explicación de la vida humana.

Al admitir ciertas verdades como «inviolables» y como «absolutamente ciertas», nos cerramos automáticamente a la investigación de otras posibilidades que podrían explicar la vida y toda la realidad del Universo de una manera diferente a como lo explican esas «creencias sagradas» y esas «verdades inviolables». Ordinaria mente los que viven bien, gracias a esas «creencias sagradas» (los líderes religiosos) o esas «verdades inviolables» (algunos profesionales y científicos), son los que con mayor violencia se oponen a todas estas investigaciones y explicaciones nuevas, porque podrían dar al traste con sus posiciones de privilegio.

Y si las matanzas de animales no son admitidas de buena gana, mucho menos es admitido que los ovnis en algunas ocasiones se atrevan a desangrar personas humanas. Y no es admitido porque en general los hechos de esta índole son menos abundantes en nuestros días y cuando se dan, suelen ser realizados de una manera muy discreta y en regiones apartadas, llegando difícilmente al conocimiento del gran público. Enseguida hablaremos sobre esto. Permítaseme esta autorcita sacada de un libro mío inédito, titulado «60 casos de ovnis», que no ha podido ver la luz pública por culpa de la irresponsabilidad de un editor. El lector tendrá que tener en cuenta que cuando escribí lo que a continuación transcribiré, todavía no había llegado a las claras conclusiones a que llegué varios años más tarde, como resultado de mi intensa investigación del fenómeno ovni en toda su profundidad.

«Para mí no hay duda que algún tipo de los llamados "extraterrestres" son la causa de los miles de muertes y desapariciones de todo tipo de animales tanto domésticos como salvajes. No sé por qué lo hacen, pero sí estoy seguro de que ellos son los carniceros. Alguien preguntará que cómo puedo saber que los animales salvajes son muertos también por los tripulantes de los ovnis, y tiene todo la razón para hacerlo.

Ciertamente el coyote muerto que vi en un campo en las afueras de la ciudad mexicana de Querétaro, no me lo dijo, pero yo pude deducirlo por muchas razones.

Querétaro (unos 200 kilómetros al noroeste de la ciudad de México) es una ciudad en donde en tiempos pasados y también en nuestros tiempos, han ocurrido cosas extrañas, más o menos relacionadas con los ovnis. Un día de 1975 un joven de clase muy humilde me dijo que dos meses antes, al anochecer había visto pasar por encima de su casa (en los límites de la ciudad) un ovni a muy baja altura y muy despacio. Excitado por la visión comenzó a correr siguiendo la trayectoria del ovni que descendió en una profunda quebrada en las afueras de la ciudad no lejos de su casa. Cuando llegó al borde de la quebrada vio un gran objeto lenticular posado en tierra, que emitía una fantástica luz blanca. Atemorizado ante lo que estaba viendo se agachó, entre unos arbustos, y desde su escondite pudo ver a varios "enanos" con una especie de linternas en sus manos; las linternas emitían unos haces de luz muy finos y concentrados y los "enanos" se divertían mucho cortando con los haces de luz los tallos de diversas plantas; cortaban una tras otra con gran entusiasmo.

Pasado un tiempo, mi amigo, que había permanecido total mente inmóvil entre los arbustos, vio cómo la luz del objeto cambió de color y a los pocos instantes notó que comenzaba a elevarse muy despacio, balanceándose repetidamente a unos cinco metros por encima del terreno, hasta que salió disparado hacia el cielo, uno de estos balanceos, golpeó un gran cactus y lo derribó. Cuando varios meses más tarde fui con el joven al mismo sitio para que me contase los hechos sobre el terreno, le dije que me indicase donde había sido derribado el cactus; fuimos allá y efectivamente allí estaba derribado y medio seco un gran nopal. A pesar del tiempo que había pasado, y sin dificultad alguna, pudimos ve en el medio de la quebrada las huellas redondeadas de más de un aterrizaje. El joven me dio más tarde en su casa, partes de piedras fundidas que él había recogido entre las huellas del aterrizaje cuando aún estaban calientes; las metió en un frasco, y al cabo de un tiempo, el interior del frasco se había recubierto con un polvo amarillento que parecía azufre.

Todas estas circunstancias son más o menos comunes en muchos otros descensos de ovnis; pero lo que resultó nuevo par

mí, fue el coyote medio disecado que descubrí bastante cerca de

uno de los aterrizajes. Lo que atrajo mi curiosidad fueron ciertas extrañas circunstancias que se podían apreciar en los restos del animal. Lo más extraño de ello era que todo el cuerpo estaba retorcido como se retuerce un trapo para sacarle el agua; y a pesar de ello los huesos no estaban rotos.

También me llamó la atención que ni bajo el cuerpo del animal ni en los alrededores, se podía ver hormiga ni insecto alguno, cuando buena parte de la carne del animal estaba aún adherida a los huesos, aunque se había secado de una manera extraña, sin corromperse y sin desintegrarse tal como es común en los animales que mueren en los campos.

Para confirmar mi sospecha acerca de la causa de la muerte del coyote, mi amigo me dijo que en la otra parte del monte había un esqueleto de un tlacuache (especie de zarigüeya) que presentaba las mismas características y que curiosamente, estaba también muy cerca de las huellas de otro aterrizaje de ovni.

En cuanto a las muertes de animales domésticos por los tripulantes de los ovnis, en los años 1974 y en Puerto Rico muchos casos que fueron investigados por mí y por muchas otras personas interesadas en estos temas.

Durante el mes de septiembre de 1974 hubo en toda la isla, pero especialmente en el oeste y en el suroeste, una verdadera oleada de avistamientos. Una mañana oí por la radio que en una pequeña granja habían aparecido muertos unos cuantos animales de una manera muy extraña. Si mal no recuerdo, eran dos cerdos, dos gansos, una o dos novillas y varias cabras. Me monté en mi automóvil y fui allá inmediatamente, y me encontré con que los animales tenían las heridas típicas, y además algo que llenaba de pasmo a su atribulado dueño: no había trazas de sangre en ninguno de ellos a pesar de que las heridas que tenían eran profundas y a pesar de que los dos gansos eran blancos como la nieve y cualquier herida de sangre se hubiese notado enseguida.

También sangre humana

Si las mutilaciones y los desangramientos de animales son interesantes, con toda razón se puede decir que resultan mucho más interesantes los desangramientos de seres humanos.

En 1977, cuando me encontraba en la ciudad de San Luis Potosí (a unos 300 kilómetros de la ciudad de México) llegó a oídos el primer caso de esta naturaleza: un recién nacido que había sido encontrado muerto totalmente desangrado. Las extrañas circunstancias del caso me incitaron a una investigación más a fondo hasta que enseguida descubrí que no se trataba de un caso aislado sino que era uno entre muchos parecidos.

Las circunstancias generales eran éstas: ordinariamente se trataba de recién nacidos o con muy poco tiempo de vida; solían presentar hematomas o magulladuras en la piel, como si a través de ella les hubiese sido succionada la sangre; porque el común denominador de todos ellos era que estaban completamente vacíos de sangre. En algunos de los casos daba la impresión de que la sangre les había sido succionada a través de la boca ya que no había heridas ni marcas de ninguna clase en la piel. Es también corriente que las madres de esos niños sean descubiertas sumidas en un estado letárgico al lado de sus infantes muertos, como si hubiesen sido endrogadas por alguien, mientras realizaba la tarea de desangrar a su hijo; algunas de estas madres han tardado días en volver en sí y cuando lo hacen, se sienten extremadamente débiles. Hay también adultos que dicen —o suponen— que han sido ata-cados por alguien durante el sueño, porque descubren mataduras y golpes en la piel por todo el cuerpo y sienten también una gran debilidad.

Todos estos hechos sucedieron en el municipio de Landa de Matamoros, en el estado de Querétaro, en diferentes localidades. Naturalmente la gente comenzó a hablar de vampiros y otras cosas y cundió el pánico entre los humildes habitantes de la zona. Los casos fueron reportados a las autoridades las cuales hicieron algunas averiguaciones para ver cuál había sido la causa de las muertes, pero como sucede de ordinario en estos casos, no se llegó

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a ninguna conclusión, y las mismas autoridades trataron de que se olvidase todo. Los lugares en que sucedieron la mayor parte de los incidentes son Tres Lagunas, Tan coyol, Valle de Guadalupe, Pinalito de la Cruz y algunas otras aldeítas muy pequeñas situadas en la Sierra Madre del Este, cerca de los límites del estado de San Luis Potosí.

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Naturalmente uno puede atribuir todas estas muertes a causas naturales; pero sin embargo hay unas cuantas circunstancias que las asemejan mucho a las mutilaciones de animales. Una de esas extrañas circunstancias, que a cualquiera que conozca bien d fenómeno ovni le dirá mucho, es el hecho de que por esos mismos días los habitantes de la región veían constantemente luces que se movían muy lentamente en el cielo nocturno; algunas de ellas se • paraban encima de los cerros cercanos y hasta encima de las copas de los árboles y hacían movimientos muy raros. La humilde gente del lugar les llama a estas luces (que se aparecen de tiempo en tiempo) «brujas» y de hecho les tienen bastante temor, hasta el punto de que tienen para defenderse de ellas unos ritos mágicos especiales que me describieron.

Todos estos hechos fueron reseñados más de una vez en la prensa y de hecho conservo un recorte del periódico de la región, «el Heraldo de San Luis Potosí» en el que se lee: «Los casos más recientes tuvieron lugar en Tres Lagunas y Valle de Guadalupe. En el primer lugar una niña de 7 años descubrió por la mañana que su madre, Josefa Jasso de Martínez, dormía profundamente, abrazada a su bebé de sólo dos días. Como no acabara de desper¬tarse la niña corrió a avisar a su tía. Cuando llegaron encontraron que el bebé estaba muerto y la madre no recobró totalmente el conocimiento hasta dos días más tarde».

El periódico cita otro caso en el pueblo de Valle muy parecido al que acabamos de citar: la madre, llamada María Nieves Már¬quez, fue encontrada inconsciente al lado de su bebé. En ambos casos las madres estaban muy débiles y los bebés no tenían heridas o señales en la piel.

Hasta aquí los hechos investigados por mí, y conste que en otros lugares he aportado más información acerca de otros casos en los que han sido hallados en el monte seres humanos completa mente desangrados, con la coincidencia de que también por aquellos días era frecuente la visión de misteriosas luces volando a baja altura sobre los campos por la noche. (Estos hechos sucedieron en el Canadá).

El poner por escrito y divulgar de una manera seria hecho como éstos, suele enfurecer a dos tipos de personas: a los individuos «serios», llámense científicos o no, que creen que en mundo ya quedan pocas cosas por descubrir y que entre las autoridades y la ciencia, son capaces de explicar cualquier cosa que suceda; y a ciertos «ufólogos» (que en el nombre llevan ya su falta de originalidad) que siguen creyendo que los ovnis son como avanzadas de los buenos hermanos del espacio que vienen a nuestro planeta a ayudarnos.

Los hechos que estoy narrando son francamente desconcertantes, pero son absolutamente reales y con más pruebas de las que los dirigentes religiosos del cristianismo pueden presentar para sus creencias. No será, por tanto, extraño, que las hipótesis que presenten para explicarlos, sean igualmente desconcertantes hasta contrarias a lo que por años tanto la religión como la ciencia nos han estado diciendo.

Cuando se descubren hechos nuevos y radicalmente diferentes, es normal que la manera de pensar de los hombres sufra alguna convulsión, pues al mismo tiempo que se derrumban las teorías viejas, aparecen en escena teorías nuevas y más abarcadoras, que son capaces de explicar los hechos nuevos, hasta entonces desconocidos.

Tomemos como ejemplo, la actual controversia en los Estados Unidos entre los creacionistas y los evolucionistas. Cuando la Iglesia cristiana monopolizaba el pensamiento, no había problema ninguno para explicar el origen de la vida humana: la Biblia lo explicaba bien claramente. Cuando aparecieron hechos nuevos (desconocidos por los líderes religiosos) se crearon enseguida teo¬rías nuevas para explicar estos hechos, al mismo tiempo que se iban por el suelo las explicaciones bíblicas. Entonces comenzó la ciencia oficial a monopolizar el pensamiento con sus nuevas teo-

rías evolucionistas, acusando a los líderes cristianos de fanáticos y de miopes al negarse a admitir los hechos. La ciencia oficial tenía razón... hasta que en nuestros tiempos aparecieron otros hechos (o más exactamente la humanidad reflexionó sobre muchos hechos extraños sucedidos en todas las épocas) que echaban por tierra muchas de las teorías de los científicos. Y en este momento la ciencia está cometiendo el mismo error que cometieron los líderes religiosos. La ciencia está dogmatizando acerca de los orígenes del hombre (con un simple hueso no sólo montan un esqueleto sino que se imaginan todo un sistema de vida) y, peor que eso, la ciencia oficial no quiere oír hablar de hechos que no estén de acuerdo con sus manuales universitarios y se niega a analizar el enorme cúmulo de datos que contradicen sus teorías. Cuando todos esos «hechos» apuntan a que la raza humana ha descendido en buena parte de las estrellas, ellos siguen empeñados en probar¬nos que todos nuestros antepasados descendieron de los árboles. Más tarde profundizaré sobre estos hechos, cuando los veamos confirmados y magnificados por otros semejantes con los que nos encontramos en la historia y de los que no podemos tener duda alguna.

Por qué la sangre

En párrafos anteriores dije que no sabía exactamente el porqué de la afición, tanto de los dioses de la antigüedad como de los dioses de nuestros días (los ovnis), a la sangre. Sin embargo, le comunicaré al lector mis sospechas, basadas no sólo en mis pro¬pias conclusiones y en las de otros autores cuyos textos aduciré, sino en las mismas informaciones que algunos «contactos» han recibido de los extraterrestres, por más que éstas nunca sean de

fiar.

La clave de todo es que la sangre libera muy fácilmente y de una manera natural, este tipo de energía (que en último término no es más que ondas electromagnéticas) que tanto agrada a los dioses. Para obtener de un cuerpo vivo energías semejantes, los dioses tienen que matarlo violentamente y luego quemarlo, mientras que la sangre, cuando fluye libremente, ya separada del cuerpo, suelta esta energía de una manera completamente espontánea, contrario a lo que sucede con la mayor parte de las vísceras y de la materia orgánica desmembrada.

 

Resumen y explicación

Como resumen de lo que hasta aquí llevamos dicho en es capítulo, diremos que lo empezamos preguntándonos por qué para qué se manifestaban los dioses y nos contestamos de una

* «Paracelso afirma que los magos negros se valen de los vapores de la sangre para evocar a las entidades astrales, que en este elemento encuentran el plasma conveniente para materializarse. Los sacerdotes de Baal se herían en el cuerpo para provocar apariciones tangibles con la sangre... En Persia, cerca de las aldea rusas Temerchan-Shura y Derbent, los adherentes a cierta secta religiosa, forma un círculo y giran rápidamente hasta llegar al frenesí, y en este estado, se hieren unos a otros con cuchillos hasta que sus vestidos quedan empapados en sangre Entonces, cada uno de los danzantes se ve acompañado en la danza por una entidad astral... Antiguamente las hechiceras de Tesalia mezclaban sangre cordero y de niño para evocar a los espectros... Aún hay en Siberia una tribu llamada de los yakutes que practica la hechicería como en tiempos de las brujas de Tesalia. Para ello necesitan derramar sangre, sin cuyos vapores no se pueden materializar los espectros... También se practica la evocación cruenta en algunos distritos de Bulgaria, especialmente en los lindantes con Turquía;... durante unos instantes se materializa una entidad astral... Los yezidis, (que habitan las montañas áridas de la Turquía asiática y de Armenia, Siria y Mesopotamia en número de unos 200.000) forman corros en cuyo centro se sitúa el sacerdote que invoca i Satán. Los del corro saltan y giran y mutuamente se hieren con puñales... y suelen tener algunas manifestaciones fenoménicas, entre ellas la de enormes globos de luego que luego toman figura de extraños animales...».

Datos semejantes a estos (tomados de «Isis sin velo» Tomo IV, de Mme. Blavatski) se pueden encontrar en muchos otros autores y en casi todos los historiadores de la antigüedad.

Y aparte de estos textos profanos, no tenemos nunca que olvidarnos de las claras, reiteradas y tajantes órdenes de Yahve a su pueblo: «Jamás comáis la sangre»; «vertedla en el suelo como agua». (Lev. 3, 17; Deut. 12, 16 y 24; etc.).!Manera general, diciendo que se manifiestan por placer y por necesidad, aunque decíamos que es una necesidad muy relativa. Además, mirando el problema desde otro punto de vista, contestábamos la pregunta diciendo que buscaban entre nosotros cosas inmateriales y cosas materiales; como ejemplo de algo material hemos puesto la sangre, aunque en fin de cuentas saquen de ella algo «inmaterial»; y como ejemplo de una de esas cosas inmateria¬les que buscan, poníamos la energía que produce nuestro cerebro excitado.

Sin embargo aquí tenemos que repetir la aclaración de que esa energía de nuestro cerebro, no es totalmente «inmaterial» o dicho en otras palabras, no es «espiritual», sino que es algo que pertenece por completo al mundo físico, por más que sea invisible por nuestros sentidos. Esa energía del cerebro es emitida en forma de ondas, de una frecuencia y de una longitud demasiado elevada para poder ser captadas por los instrumentos de que hoy disponemos. Algunas de las ondas que el cerebro produce, sí son perfectamente captadas por los instrumentos que hoy poseemos (electroencefalógrafos, etc.), pero las otras ondas del cerebro a las que nos referimos, y que son las que interesan a los dioses, esas, hoy por hoy, son incantables por nuestros científicos, y únicamente de una manera indirecta, y gracias en gran parte a los avances de la parapsicología, van teniendo alguna sospecha de que existen.

Los últimos párrafos los hemos dedicado a explicar cuáles son esas cosas materiales que los dioses buscan en nuestro mundo y nos hemos fijado especialmente en su preferencia por las vísceras y por la sangre.

Sin embargo quedaría trunca esta explicación, si no profundizásemos un poco en este tan extraño gusto de los dioses. Intentaremos hacerlo en los párrafos siguientes —que a mi entender son de gran importancia— y por ellos veremos que la razón de su gusto y preferencia por la sangre, grasa, y algunas vísceras, es en el fondo la misma que los impulsa a captar las ondas que emanan de los cerebros excitados.

Cuando se destruye la materia orgánica, o dicho de otro modo, cuando muere la materia viva, ciertos elementos físicos que la componen, (como son sus células, sus proteínas, sus aminoácidos, sus enzimas y compuestos moleculares y hasta sus moléculas y átomos) vuelven a la tierra, en donde continúan sus interminables ciclos de desintegraciones, fusiones y transformaciones; otros elementos también físicos (a nivel quántico o subatómico que componen la materia viva, no entran en estos ciclos, sino se liberan. Estos elementos, aun siendo físicos, no son en el sentido clásico «materiales», ni captables directamente por nuestros sentidos, sino que son de naturaleza ondulatoria; son lo que llaman «energías», (porque no tenemos palabras concretas con que designarlos, ya que apenas si sabemos que existen), radiaciones, vibraciones, ondas; son en parte lo que, contemplado desde otro punto de vista, llamamos «vida».

Cuando algo vivo muere, lo que muere es el andamiaje mate rial que acompaña la vida; pero ésta, cuando el caparazón en se hacía presente en nuestra dimensión, por alguna razón se desintegra, se libera como una energía y comienza o recomienza su ciclos de fusión y transformación con otras energías que vibran su misma o parecida frecuencia y dimensión. Este es otro y otro punto de vista de los infinitos niveles de que está compuesto este fantástico ser viviente en el que habitamos, llamado Universo Pues bien, criaturas del Cosmos más evolucionadas que nos otros —los dioses—, son capaces de captar, por lo menos en parte esta «energía» y estas ondas o vibraciones que se liberan cuando sí desintegra la materia viva. Esta energía parece que les proporciona gran placer, y por eso la buscan hoy y la han buscado siempre valiéndose para ello de mil estratagemas. Si tuviésemos que explicarlo con un ejemplo, diríamos que las termitas sólo le sacar provecho a la madera cuando se la comen, mientras que un animal superior —el hombre— a esa misma madera le saca también provecho, pero no comiéndosela, sino de mil otras maneras total mente ininteligibles para las termitas; e incluso le saca provecho quemándola; porque la madera, al quemarse, emite calor y aroma, cosas que, si bien no interesan para nada a las terminas (y hasta podrían ser mortales para ellas) son grandemente apreciadas por los hombres.

Cuando la materia viva, sea ésta animal o vegetal, muere lenta¬mente, es decir, tras un proceso natural de envejecimiento, esta energía vital se va desprendiendo muy poco a poco desde mucho antes del momento final, y por eso es más difícilmente captable y aprovechable por aquéllos que tienen la capacidad de hacerlo; pero cuando el ser vivo está en toda su pujanza, y por una causa u otra, muere violentamente (tal como sucede cuando un animal es degollado), o se desintegra de una manera rápida, entonces toda esa energía vital sale como en torrente y es mucho más fácilmente captable y aprovechable.

Por extrañas que parezcan estas ideas, las vemos llevadas a la práctica por pueblos diversos y muy distantes entre sí geográfica¬mente.

En unas cuantas tribus africanas, cuando un niño está enfer¬mo, sobre todo si está aquejado de alguna enfermedad descono¬cida para sus padres y para el hechicero, y cuyos síntomas son una gran debilidad, el remedio que le aplican consiste en matar un toro o una vaca, abrirlo enseguida en canal, vaciarle parte de las entrañas y meter dentro al niño, cerrando de nuevo la piel del animal en torno al cuerpo del niño; la cabeza del niño es lo único que queda fuera del cuerpo del animal. La criatura permanece dentro del animal mientras éste se mantenga caliente.

Entre los apuntes de un viejo curandero en Galicia, se ha encontrado prácticamente el mismo remedio, aunque, en este caso, el animal que se usaba era una cabra; y naturalmente, sólo para el caso de algún miembro enfermo, que se colocaba por un buen rato dentro del cuerpo del animal recién muerto, o en el caso de alguna criatura con pocos días de nacida.

Parece ser que lo que hace el cuerpo del niño débil y enfermizo, sediento de energía (absorber la vida que se le está yendo a chorros al animal en forma de ondas), es lo mismo que los dioses hacen y han hecho siempre; aunque en el caso de los dioses, éstos lo hacen conscientemente y debido al gran dominio que tienen sobre la materia. Para el niño, el acto de chupar esta energía es un acto inconsciente y desesperado de su organismo, para evitar la muerte; para los dioses, esta energía es sólo una especie de juego o un sentimiento placentero que de ninguna manera es esencial para su existencia.

Dije unos párrafos más arriba que cuando un ser vivo —animal o planta— se desintegra de una manera rápida, la energía vital sale como en torrente y es mucho más fácilmente captable aprovechable. Por demás está decir, que la manera más fácil y normal de desintegrar la materia viva rápidamente es mediante cremación. Y aquí es donde tenemos que recurrir a la historia recordar este hecho: los dioses, en todas las religiones de la antigüedad, en vez de exigir actos de arrepentimiento colectivo alabanzas racionales por parte de sus pueblos, lo que exigía siempre de ellos, como máximo tributo religioso, eran «holocaustos», es decir ceremonias en las que primero se sacrificaba a la víctima (humana o animal) y luego se la quemaba íntegramente, modo que nadie podía servirse para nada de ella. Tenía que arder hasta consumirse, tal como indica la palabra holocausto (que viene de dos palabras griegas que significan «todo quemado»). En fiestas solemnísimas entre los griegos y romanos se hacían grane sacrificios de animales —especialmente bovinos— que se llamaban hecatombes (otra palabra venida de dos palabras griegas y que significa a la letra «cien bueyes»), con los que se hacían grane piras en honor de las deidades.

Estas ceremonias que culminaban en grandes hogueras, eran i manera perfecta que los dioses tenían para «exprimir» toda energía vital que existía en aquellas criaturas vivientes: primero mediante el degollamiento o la vivisección de la víctima, —con consiguiente derramamiento de sangre—, obtenían la energía sutil y más apreciada por ellos: la que desprendían sus cuerpos agonizantes y específicamente sus cerebros aterrados y atormenta dos. Y más tarde, muerta ya cerebralmente la víctima, pero todavía celularmente, el fuego se encargaba de liberar rápidamente toda la energía vital que encerraban sus entrañas aún calientes las células de todo su organismo.

Estas ondas de energía que se desprendían de los cuerpos humeantes de las víctimas, eran, tal como dijimos, una especie de droga, o como un aroma para los «sentidos» de los dioses. En elpentateuco se habla en repetidas ocasiones de estos «sacrificios abrasados» y se dice de ellos que eran «un manjar tranquilizante para Yahvé»; o que subían hacia él «como un aroma calmante». Algo así como un cigarrillo de sobremesa, o una tacita de café, o quién sabe si una droga más fuerte.

Y si en este particular echarnos una mirada general a otras religiones, nos encontraremos con los mismos extraños fenómenos con que nos encontramos en la Biblia. No importa que cada época, cada cultura y cada creencia los ejecute o los interprete de una manera diferente; en el fondo son los mismos hechos, que a la mente humana (cuando piensa sin prejuicios y sin miedos) le parecen totalmente irracionales y en gran parte absurdos.

En otras religiones nos encontramos también con:

1) muerte de animales

2) cremación de sus cuerpos

3) ceremonias en las que la sangre es el elemento principal.

No sólo eso, sino que en muchas religiones, éstas muertes y estas cremaciones de animales, eran de animales humanos. En algu¬nas de ellas, estas ofrendas humanas tenían liturgias realmente feroces e indignas no ya de un dios, sino de pueblos salvajes; y a pesar de ello, las vemos practicadas por pueblos que habían des¬arrollado grandes culturas. Piénsese si no, en las inmolaciones de niños hechas periódicamente por los incas a Pachacamac y a los Huacas, en las tremendas matanzas rituales practicadas por los aztecas, en las ofrendas periódicas de los primogénitos de las fami¬lias nobles en la religión de los persas, etc., etc.

Y para los cristianos que se consuelan pensando que en el paganismo, Satanás es capaz de inspirar cualquier aberración «a aquellos pobres pueblos que viven privados del conocimiento del verdadero Dios», tenemos malas noticias; porque resulta que el dios judeo-cristiano, —Yahvé—, exigió también en muchísimas ocasiones, estas matanzas humanas, a pesar de que gustaba lla¬marse «misericordioso y benigno»: y no sólo eso, sino que a veces era él mismo quien las realizaba:

«Y Yahvé envió un fuego que devoró a 250 hombres» (¡que estaban ofreciéndole incienso!) (Num. 16, 35).

Yahvé se enfadó, «y murieron 14.700 tragados por la tierra (Num. 17-14).

«Y lo degollaron al rey [por orden de Yahvé] junto con hijos y todo su pueblo» (Num. 21-34).

Después de la matanza de los madianitas, ordenada por Yahve (porque habían perdonado a los niños y a las mujeres) Moisés enfadó y dijo: «maten a todos los niños varones [incluso lactantes] y a toda mujer casada» (Num. 31, 7-17).

«Y aquel día degollaron 12.000 hombres y mujeres, la entera población de Aim» (Jos. 8). Etc., etc., etc.

En el Nuevo Testamento y en la moderna teología, se quiere correr un tupido velo sobre todo esto, lo mismo que se trata c sublimar muchas otras prácticas muy poco «divinas» de Yahve Pero no se puede tapar el sol con un dedo, y los versículos Pentateuco están ahí, desafiando el paso de los siglos, para testimonio de todas estas divinas monstruosidades.

Y abundando aún un poco más en el tema, y como una variante más de esta ferocidad sagrada, nos encontramos con religiones orientales y africanas en las que «dios» exige que la esposa o las esposas sean quemadas en la misma hoguera en que se quema el cuerpo de su marido difunto. Y muy probablemente los fieles de estas religiones seguirán pensando que su «dios» es bueno y misericordioso (!). Pero ¿no seguimos nosotros pensando que el «dios» del cristianismo es bueno y misericordioso, después de que lo vemos sacrificando a su propio hijo en una cruz, y amenazándonos a nosotros —pobres hormigas humanas— con un infierno en el que nos abrasaremos eternamente?

Dejemos el tema religioso para el próximo capítulo, cuando expliquemos las diferentes estrategias de los dioses para lograr de nosotros lo que quieren. Digamos ahora, para terminar que si bien esta energía vital de la que venimos hablando y que se libera en la cremación, se halla presente tanto en el reino animal como en el vegetal, en el primero se halla no sólo en mayor abundancia sino en una forma o en un nivel superior, que parece que agrada más a ciertos seres más evolucionados del Cosmos, que podríamos llamar «dioses superiores», mientras que la energíavital que se desprende de la cremación de la materia vegetal, aparte de no ser tan abundante, no les agrada tanto a estos «dioses superiores» y está más de acuerdo con los gustos de otros seres menos evolucionados. Por eso, es natural que cuando quieran «holocausto» de materia vegetal (y los han querido desde el principio de los tiempos) estos holocaustos tengan que ser mucho más abundantes, ya que, como dijimos, la materia vegetal libera menos cantidad de esta energía que ellos buscan en nuestro mundo.

Vea el lector este curioso texto, sacado del capítulo 4 del Géne¬sis, versículos 2 al 5, que transcribo sólo a título de curiosidad:

«Fue Abel pastor y Caín labrador. Y al cabo del tiempo, hizo Caín a Yahvé una ofrenda de los frutos de la tierra y se la hizo también Abel de los primogénitos de su ganado, de lo mejor de ellos. Y agradóse Yahvé de Abel y de su ofrenda, pero no de la de Caín».

Este capricho de Yahvé o esta discriminación tan injusta, ¿no se debería a esto mismo que estamos diciendo?


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