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Pendular, , las nuevas formas de gobierno a nivel internacional

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07/11/2019 16:58 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La hambruna esta muy cerca del Sur por la adversidad de sus gobernantes y el falso comunismo, Los Clinton un ejemplo en Haíti

Aventis

EL antagonismo tradicional entre derecha e izquierda, ha quedado obsoleto, superado y como dice Daniel Innerarity ya no sirve "para encarar las transformaciones sociales y evitar el auge del populismo”. En efecto, entre los partidos tradicionales se ha producido un trasvase o intercambio de principios y postulados ideológicos que han debilitado sus perfiles doctrinales originales. A la dicotomía derecha-izquierda, rígida e inalterable, se han incorporado elementos comunes a ambas referidos al llamado Estado de Bienestar, como la sanidad, la educación y la justicia, que se reivindican como universales, gratuitas y de calidad. Estos principios ya no son patrimonio exclusivo de ningún partido político. Igual ocurre con la necesidad de atender los problemas acuciantes y numerosos que plantea la dependencia por el fenómeno demográfico de la mayor longevidad de las personas. Hoy, más que refugiarse en reductos inexpugnables de derecha e izquierda se tiende más a definir las distintas posturas políticas en radicales o extremistas y centristas o moderadas.

Parece, sin embargo, que en el fondo se cumple la ley del péndulo, es decir, que tanto la derecha como la izquierda tienden aislarse de sus posiciones más extremas para, como ocurre con la ley física del péndulo, tras las normales oscilaciones buscar el centro. La misma idea la expresa Felipe Fernández Armesto al afirmar que la política se plantea metas que superan "el arte de lo posible", para afrontar los grandes desafíos que debe encarar el mundo, como la desigualdad, el envejecimiento, o el cambio climático.

Si hay una lección que nos dejan las últimas décadas en América Latina es que, aun cuando lo hemos intentado con pasión juvenil, el péndulo ideológico termina imponiendo una lógica de cambios bruscos que echa por tierra los esfuerzos por integrarnos como región.

Al respecto, suele ser inevitable la referencia a la Europa comunitaria, fundada a partir de un giro histórico que, tras dos guerras, llevó a sus líderes a organizarse más allá de sus Estados nacionales y a partir de sus propios intereses.

En 1951, dos funcionarios idealistas pero pragmáticos, los franceses Robert Schuman y Jean Monnet, convencieron a los líderes de la Alemania Occidental, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo de crear una “Comunidad del Carbón y del Acero” (CECA), que integró la explotación supranacional de esos dos recursos económicos vitales, los mismos que habían disparado la guerra.

Por supuesto, el contexto histórico de la Guerra Fría entre el gran aliado occidental, Estados Unidos, y la Unión Soviética fue determinante en la lectura estratégica que hicieron los padres fundadores de la nueva Europa. Pero al hacerlo probaron la inteligencia, y no el voluntarismo, de su apuesta colectiva.

Ni siquiera potencias regionales como México, Brasil o la Argentina podrán proyectarse por sí solas. Aliarse con una u otra superpotencia no bastará. Por el contrario, habrá que seguir apostando por el multilateralismo como el mejor espacio para sostener derechos y ventajas de todos los países en desarrollo, lejos de los cantos de sirena de “patriotas” y “soberanistas” de estos días. La región tiene activos envidiables: recursos naturales y acceso a dos océanos, carece de conflictos grandes interestatales y es una región libre de armas nucleares.

Sus economías tienen necesidades comunes de inversión y mercados. En esa búsqueda,  es preciso eludir el falso dilema entre Estados Unidos-China con pragmatismo y hacer de aquellos intereses permanentes la mejor guía para esas relaciones. A su vez, el nunca más a la guerra que propició la construcción europea implicó que el futuro sería de todos o de nadie. Como si fuera un desastre bélico, hoy nuestra realidad hunde a vastos sectores sociales de la región, sumergiéndolos en la exclusión. Como la guerra para Europa, la exclusión social es nuestro fantasma del que huir. Difícilmente una integración perdure si no va acompañada de un profundo proceso de inclusión social: el desarrollo será con todos o no será. Con todos los países y su variedad ideológica, pero también con todas sus franjas sociales. Nuestros intereses permanentes, nuestro acero y nuestro carbón, deben contemplar a todas nuestras gentes. Todo acuerdo regional político o comercial, tecnológico o laboral, educativo o cultural, debería custodiar ese principio. Sólo el equilibrio social le da sentido a los avances económicos. La propia UE, con sus intereses comunes bien claros, se ve amenazada por ese desajuste social, que alimenta nacionalismos y xenofobia. En fin, es una lección y un desafío de estos tiempos que, como los europeos de hace seis décadas, podríamos asumir todos los latinoamericanos a partir de ahora.

Sus economías tienen necesidades comunes de inversión y mercados. En esa búsqueda,  es preciso eludir el falso dilema entre Estados Unidos-China con pragmatismo y hacer de aquellos intereses permanentes la mejor guía para esas relaciones. A su vez, el nunca más a la guerra que propició la construcción europea implicó que el futuro sería de todos o de nadie. Como si fuera un desastre bélico, hoy nuestra realidad hunde a vastos sectores sociales de la región, sumergiéndolos en la exclusión. Como la guerra para Europa, la exclusión social es nuestro fantasma del que huir. Difícilmente una integración perdure si no va acompañada de un profundo proceso de inclusión social: el desarrollo será con todos o no será. Con todos los países y su variedad ideológica, pero también con todas sus franjas sociales. Nuestros intereses permanentes, nuestro acero y nuestro carbón, deben contemplar a todas nuestras gentes. Todo acuerdo regional político o comercial, tecnológico o laboral, educativo o cultural, debería custodiar ese principio. Sólo el equilibrio social le da sentido a los avances económicos. La propia UE, con sus intereses comunes bien claros, se ve amenazada por ese desajuste social, que alimenta nacionalismos y xenofobia. En fin, es una lección y un desafío de estos tiempos que, como los europeos de hace seis décadas, podríamos asumir todos los latinoamericanos a partir de ahora.

EL factor más importante, y el que requiere mucha más reflexión y estudio que el que se le puede dar en una nota, es la pregunta ¿cuál es nuestro equivalente del «carbón y el acero» para Europa, los intereses comunes posibles para nuestra región?

Al escribir sobre el viejo sistema político mexicano Daniel Cosío Villegas afirmaba que este funcionaba como un “péndulo” que se movía ideológicamente entre la izquierda y la derecha, tomando como referencia al general Lázaro Cárdenas que gobernó al país desde la izquierda al atender los compromisos con las masas de la Revolución. Su sucesor Manuel Ávila Camacho se desplazó a la derecha al invitar a los estadounidenses a invertir en México, Miguel Alemán favoreció al sector empresarial, Adolfo Ruiz Cortines adoptó una política moderada inclinada hacia el centro, Adolfo López Mateos se declaró “de izquierda dentro de la Constitución”, Gustavo Díaz Ordaz dejo constancia de su autoritarismo en el 68 que lo ubicó en la derecha, Luis Echeverría hizo un gobierno de apertura política que lo acercó a la izquierda, José López Portillo se orientó al centro. 

A partir del gobierno de Carlos Salinas de Gortari se rompió el ritmo pendular definido por Cosío Villegas porque hasta la fecha todos los gobiernos han sido conservadores o neoliberales. 

El Estado de Bienestar es un viejo sueño suramericano

  El economista argentino José Siaba Serrate asegura que el neoliberalismo significa que el estado protector o benefactor disminuye o desaparece de las decisiones económicas y deja al mercado actuar, el modelo “se realizó por el camino del endeudamiento externo y las políticas de ajuste presupuestario impuestas por el FMI, en función de gendarme financiero del neoliberalismo”. 

Porfirio Muñoz Ledo luego de citar a Joseph Stiglitz “aunque los neoliberales no quieran admitirlo su ideología ha fracasado”, condena la adopción de este modelo en nuestro país con las privatizaciones, desregulaciones, subasta de los bancos, apogeo de los monopolios, concesiones fiscales y toda una política que profundizó la desigualdad en el país. 

Porfirio asegura que con AMLO “la voluntad popular sepultó el ciclo neoliberal” y se emprenderán reformas democráticas, económicas, hacendarias y laborales “a fin de trascender a una nueva etapa de relaciones que equilibren poder, justicia y libertad”. 

El pragmatismo de Europa del norte empieza con algo tan elemental como no pretender ejecutar toda la agenda política con la misma ideología. Es ingenua y perversa la insistencia en que los gobiernos sean monolíticamente de izquierda o de derecha, alternándose como un gran péndulo, con costos monumentales. Hay casi tantos péndulos como frentes de política pública, y es un desacierto pretender que estén siempre coordinados.

El marxismo cambió drásticamente el rol ideal del Estado en la producción. La izquierda original proponía economía de mercado, con pequeños propietarios individualistas. Bajo la monarquía, los revolucionarios sufrieron los monopolios estatales y la concentración de poder. Querían eliminarlos. Defendían la propiedad privada –su casa, parcela o taller- de manera extremadamente egoísta.

La izquierda busca cortarle prebendas a la aristocracia y a la Iglesia, con cámara legislativa única de representantes elegidos por voto popular, exclusivamente varonil. Proponen un gobierno basado en los derechos naturales y la voluntad del pueblo, no en la religión ni la tradición. La derecha quería preservar privilegios de las élites, una cámara alta no elegida y restricciones patrimoniales para el voto. Un historiador resume las discrepancias: “la izquierda enfatizaba los derechos individuales: libertad de expresión, reunión y culto, derecho a la propiedad y tratamiento igual ante la ley. La derecha buscaba limitarlos”.

La derecha, aristocrática o religiosa, había disfrutado la intervención y regulación estatales, los monopolios y las rentas. La izquierda los había sufrido y consecuentemente buscaba “un estado mínimo cuyo rol se limitará a la defensa nacional y a la administración de justicia”. O sea, la receta de Robert Nozick, declarado cavernario por la izquierda contemporánea, que también estigmatizó a un defensor de las libertades individuales, más acorde con la izquierda antiestatista que con la derecha rentista: Friedrich Hayek. Los revolucionarios hubieran rechazado tanto el comunitarismo actual como el engorroso intervencionismo que también defraudó a la plutocracia.

La izquierda posmarxista no debería deformar la esencia del voto popular reaccionario. En Colombia, un gigantesco sector informal le tiene aversión a todo lo que implique tributación y regulación estatal diferente de ayudas y subsidios. Pequeños comerciantes, artesanos o campesinos no son proletarios sindicalizados, menos aún grandes empresarios, y apoyan tranquilamente a quien solo les ofrezca justicia y orden. Para lo demás se bandean sólos. Como no tributan no les importa la corrupción, pero es una infamia acusarlos de impulsar la guerra.

Esa asimetría existe desde 1789, cuando se acuñaron en la asamblea francesa los términos que dividen el voto. “Los leales a la Iglesia y la monarquía se sentaban a la derecha para evitar los gritos, insultos e indecencias que reinaban en al lado opuesto”.

Los socialistas utópicos abrieron el camino para el creciente rol estatal. Saint-Simón planteó que la ciencia, dirigida por autoridades públicas, mejor castrenses, reduciría el desperdicio del sector privado. Siguiendo a Bentham, Roger Owen propuso como objetivo maximizar la felicidad con intervenciones paternalistas. Argumentaba que los individuos son el resultado de su entorno social. Bastaba tratarlos con simpatía y bondad para que respondieran con diligencia y lealtad. La libertad y autonomía pasaban a segundo plano. Había que reformar el sistema económico, social, político y cultural. Educada correctamente, esa “nueva gente” formaría asociaciones con intereses comunes que garantizarían trabajo productivo y buen comportamiento ciudadano

La dirigencia que mejor recogió los planteamientos originales de izquierda y el socialismo utópico fue la sueca. Consciente del lío de estatizar la producción, su burocracia optó por la ingeniería social de Owen relanzada en los años treinta por Alva y Gunnar Myrdal, académicos que combinaron “lo mejor del capitalismo con lo mejor del socialismo” y acabaron inspirando el New Deal de Roosevelt. No es coincidencia que los suecos le otorgaran en 1974 el Nobel de economía a Myrdal, intervencionista intenso, compartido con Hayek.

 

* Escrito por Emiro Vera Suárez, Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño

La ideología es fundamental para el crecimiento de los pueblos


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Emiro Vera Suárez (1219 noticias)
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