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Alberto Farías

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03/09/2013 0

Examinamos los conceptos de "personalidad" y "populismo" e intentamos establecer si guardan una relación unívoca..

  POdríamos definir genéricamente a la “personalidad” como la descripción más o menos objetiva que hace alguien sobre la manera (medios y fines) en que la otra persona se comunica en cuerpo y mente, consciente o no y en tiempo real, con su entorno inmediato. Por otro lado, el concepto de “populismo” es muy amplio y con frecuencia abarca una variedad de ideas y actitudes socio-políticas que no llegan a configurar un sistema de pensamiento definido claramente, antes bien aparece como un fenómeno político caracterizado por la vaguedad conceptual que puede ir de la derecha a la izquierda, la demagogia, la irracionalidad, el inmediatismo, el vacío ideológico y la transitoriedad.

Dos dimensiones, personalidad y populismo: una apunta a una estructura y un estilo psicológico, el otro se inscribe principalmente en los discursos doctrinales y los estilos de gestión del poder político.

Nos preguntamos acerca de la relación posible entre ambas. ¿El dirigente populista responde a un patrón más o menos singular de personalidad?, ¿se necesita un ser-en-el-mundo determinado para adoptar un estilo de conducción populista..?, ¿es válido hablar de un presunta “personalidad populista”?. Me apresuro a decir que no, en el sentido de incluir este “tipo” en una taxonomía rigurosa con arreglo a cualquier marco teórico de referencia. Esto porque “personalidad” y “populismo” son términos emergentes de contextos epistemológicos diferentes. Dicho esto, empero, alerto al mismo tiempo sobre la perfecta pertinencia de vincular Psicología con Política. De hecho existe una conocida especialidad llamada “Psicología Política”. Así las cosas, ahora decimos que es irreprochable y pertinente indagar sobre las constantes y variables clínicas que, como rasgos de personalidad, coadyuvan a allanar la convergencia entre mi “forma de ser y de actuar” y “mi visión del otro en sociedad y la manera de manejar el poder para gestionarla”.

Nos preguntamos acerca de la relación posible entre ambas. ¿El dirigente populista responde a un patrón más o menos singular de personalidad?

 

Dime como piensas y te diré como gestionas

 

Va de suyo que las personas creen cosas favorables y desfavorables de sí mismas y de los demás. Nada nuevo hasta aquí. El asunto es que se piensa “pronósticamente” (a veces como un “Destino”) tal como se piensa en el día a día. Y se piensa a partir de patrones que se denominan “creencias”. Son las creencias (fundamentos con un componente emocional central) las que determinan la visión de las causas primeras y las consecuencias últimas. Las creencias -tanto las más racionales como las más irracionales- orientan la acción y la valoración de la conducta: si creo que la gente es “egoísta por naturaleza” y poco afecta a la honestidad, redoblaré los controles sobre mis empleados para evitar ser engañado en mi buena fe. Si creo que la mayoría de las personas prefieren ser manipuladas a cambio de ser relevadas de los riesgos de los desafíos y responsabilidades, las trataré con engaños y órdenes. En síntesis las creencias “crean” lo esencial de la realidad: su significación, la interpretación valorativa de las cosas, los hechos, las causas y sus consecuencias. En el lenguaje de la sociología política uno de los tipos de liderazgo, el denominado “paternalista” contiene las características centrales que definen a los estilos de conducción populista: carisma, manipulación condescendiente,  persuasión, emotividad ostensible, familiaridad, como la de un padre con su hijo al que convence que debe seguirlo “para su bien”.  Toma la mayor parte de las decisiones, pero le deja tomar algunas a sus seguidores en cosas de escasa importancia, porque él controla lo fundamental: la conservación del poder que significa mantener el amor de sus dirigidos. Transforma el verdadero protagonismo en mera participación del grupo según un guión programado, que suele terminar en un encuentro de aplaudidores y obsecuentes. El paternalista es un líder que simula aceptar  algunas sugerencias a sus órdenes y hace creer que escucha a sus acólitos. Una característica central de este estilo es recompensar la fidelidad y castigar  quitando su preferencia a los que se desvían de la obediencia que siempre es recubierta por la idea del “amor” y no el miedo (propio de los liderazgos  autoritarios).

 

  Sin embargo los seguidores y subordinados se vinculan con cautela ante el miedo de perder su afecto (el hijo descarriado no recibe la herencia). No estimula realmente el trabajo en equipo dado que no soporta ser excluido de la centralidad. Se siente importante en tanto siempre se lo necesite.  En el mundo de los RRHH su equivalente es el liderazgo  que he llamado “tutorial excluyente”. Los empleados no se sienten responsables y pierden la autoconfianza dado que los logros dependen del protagonismo exclusivo del líder. Por eso los que les queda para motivarse es la compensación económica o la búsqueda del Poder. Y la larga el trabajo se torna insatisfactorio. Se genera un malestar oculto y se pierde espontaneidad, porque surge la culpa por desafiar al líder-padre-infalible.

 

La personalidad populista

 

Los rasgos típicos del populismo socio-político son: discurso demagógico, la preeminencia del caudillo, la referencia a símbolos unificadores, el énfasis en el discurso alegórico por sobre la realidad, la idea de uniformidad fraternal y compañerismo de iguales,  la exaltación de los valores locales, corporativos o nacionales y la identificación de alguna amenaza exterior al grupo contra la que hay que luchar para mantener la endogamia grupal. El populismo finalmente tiende a generar sectarismo y aversión a lo diferente, a la diversidad y a la pluralidad.  A nivel del individuo  cualquier estilo de personalidad no se ajusta funcionalmente a esas características. Las extrovertidas-demostrativas con componentes de acción y control son más afines. Las ideas populistas por sus contenidos inherentes satisfacen finalmente las expectativas de las personalidades egocéntricas, autosuficientes, controladoras, demostrativas, efectistas y emocionales, con pobre control de impulsos y poca tolerancia a la frustración, con ansias de poder compensatorio a una identidad personal conflictiva y un temor infantil a no ser querido y alabado. Una “personalidad populista” sería pues aquella capaz de lograr hacer coincidir esas necesidades psicológicas con una seudo-doctrina donde lo superficial (la inmediatez del hoy) oculta y posterga lo esencial (las consecuencias de los actos del mañana). Es por eso inmadura y disfuncional. Pan para hoy y hambre para mañana.

 

 (C) by AFC 2011

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